Gris

Christian Ahumada
Te recuerdo aún: solías construir pequeñas casitas con los panqués que degustabas con fruición en el Pousse Cafè de la avenida Bolognesi, aquél que se encontraba a media calle, antes de llegar a una esquina y avanzar un par de cuadras para llegar al malecón. Armabas ágilmente la base, las paredes, el techo y clavabas un mondadientes en la entrada para hacer movible la compuerta de galleta crocante. Te divertías, sonreías (tus ojos y los míos: en visible intersección), volvías a lo tuyo, probabas un poco del panqué y continuabas tu tarea, concentradísima, ejecutando tu labor de ingeniería de una manera ágil, lúdica, encantadora.
Te recuerdo aún: solías construir pequeñas casitas con los panqués que degustabas con fruición en el Pousse Cafè de la avenida Bolognesi, aquél que se encontraba a media calle, antes de llegar a una esquina y avanzar un par de cuadras para llegar al malecón. Armabas ágilmente la base, las paredes, el techo y clavabas un mondadientes en la entrada para hacer movible la compuerta de galleta crocante. Te divertías, sonreías (tus ojos y los míos: en visible intersección), volvías a lo tuyo, probabas un poco del panqué y continuabas tu tarea, concentradísima, ejecutando tu labor de ingeniería de una manera ágil, lúdica, encantadora.
Siempre sacaste a relucir ese interés por hacer cosas, hacer volar tu imaginación y crear, simplemente crear. Te recuerdo… Acudías los fines de semana por la noche, apenas rayaba en el horizonte el crepúsculo. Esperabas la llegada de la oscuridad en el malecón, sentada sobre las piedras, de cara al viento, observando las olas y su arremetida constante contra las rocas, las gotas de agua volando en el aire, el agradable frío en esos días de otoño. Mis días…
Ahora tu presencia se hace extrañar en el Pousse Cafè. Ingresabas continuamente con una sonrisa dibujada en tu rostro, te sentabas en una de las sillas y pedías un capuchino con bastante crema, mientras tus ojos acuáticos exploraban las calles, el ir y venir de los autos, el rutinario caminar de los transeúntes. Disfrutabas de esas cosas superfluas durante un instante; luego pedías un panqué e iniciabas tu labor. Me entretenía tanto viéndote tratar de armar lo mejor posible tus casitas de dulce. Eras toda una escritora fabricando el cuento de hadas de Blanca Nieves o Hansel y Gretel. Cada fin de semana me desintoxicaba del humo de las fábricas de la avenida Meiggs con tus juegos de niña que quería ser adulta. Me gustaba verte jugar, me acordaba de cuando vivía en mi pueblito de la sierra, donde todo era naturaleza, armonía, y podía correr a mis anchas con los niños de las chacras vecinas. Extrañaba mi etapa adolescente, cuando no existía las preocupaciones de ahora, cuando podía agitar los brazos y disfrutar del aire palpando mi cara, ser más yo y no el señor que cuida de su café todas las noches para ganarse unos soles y seguir invirtiendo. Siempre el dinero, necesario y fuera de lugar en mis pensamientos, aquellos donde sólo tú estás, caminando de rincón en rincón, sin poder salir, sin dejar abiertas mis puertas para que salgas y termine mi destrucción interna, este color opaco que ha transformado mi vida desde que no has vuelto a aparecer.
Hubieras sido alguien más en mi acostumbrada rutina si no me hubiese atrevido aquella vez a enseñarte a completar tu casita de dulce. Nunca hubieras podido descifrar solita el enigma de la compuerta, cómo es que sería posible hacerla girar sin echar a perder el trabajo de varios minutos. Recuerdo que era fría esa noche, pero tú viniste con tu aire cálido alrededor para darle otros matices al Pousse Cafè. Pediste un café pasado y un panqué, intentaste nuevamente crear la compuerta, tus manos hacían lo posible por hacer maravillas, pero tu esfuerzo al parecer era en vano. No había nadie aparte de ti en el local, y como no tenía nada más que hacer que estar sentado viendo la televisión, me aventuré a acercarme donde estabas y darte una mano. Te saludé con una venia, lo recuerdo. “¿Puedo ayudarle a completar su pequeña casa, señorita? Veo que necesita algo de asesoramiento”. Sonreíste. A esa edad toda ayuda venía a bien. Estabas dispuesta a recibir los consejos de un completo extraño. Al fin y al cabo, sólo me hablabas cuando pedías un café y tus panqués, esta era la única forma de intimar contigo, convertirme en una especie de instructor al paso.
–Nunca me lo hubiera imaginado –dijiste, con una amplia sonrisa, cuando viste girar la puerta de un lado a otro, suspendida por un mondadientes–. Veo que necesito sugerencias de un profesional –y tu mirada se clavó en mí, acelerando mis pulsaciones.
Aquella vez nos quedamos platicando hasta bien entrada la noche. Como si una prominente fuerza lo hubiese querido así, nadie acudió al café después de que habías llegado, así que no hubo interrupción alguna que pudiera diluir aquel instante mágico. Desde esa noche, no hubo visita al café que no culminara con una conversación agradable. Yo te contaba algunos detalles de mi pasado, mi azarosa existencia antes de migrar de mi pueblo hacia Chimbote, lo confortable que era vivir rodeado de naturaleza, de animalitos correteando de prado en prado, pero también lo duro que resultaba trabajar la tierra, levantarse temprano todos los días y hacer pastar a los guachos ayudado de los perros y algún cristiano que se dignara acompañarme (era habitual en mi familia hacerme cargar con casi todas las responsabilidades). También te conté lo complicado de habituarse al clima costeño y su forma de trabajo. ¿Recuerdas? Cuando emigré no había otro trabajo en Chimbote más que la pesca, y viajar en lancha a través del mar en búsqueda de peces me afectó mucho. Vislumbraba tu sonrisita cariñosa y comprensiva en medio de las luces incandescentes del local, y ahí estaba de nuevo el acelerado palpitar del corazón, los saltos continuos, el miedo de sufrir un colapso en ese preciso momento. Entonces girabas los ojos, volvías la mirada a la calle, y me hablabas del futuro, tus proyectos, qué era lo que más deseabas en esta vida, a dónde viajarías para llevar a cabo tus estudios de ingeniería y construir una casita, ya no de dulce, sino una casa auténtica, el palacio que la princesita tanto anhelaba. Era tu sueño.
Así pasábamos las noches, yo hablándote de mi pasado, y tú dando furtivas miradas hacia el futuro, con ésos tus ojos de agua no habituales en este puerto que se opacaba más y más con el tiempo. Sólo tú eras el único punto donde los colores podían emerger y cambiar de tonalidad las tardes y las noches. Y tus juegos con los panqués no se detenían, dabas formas nuevas cada vez, y ponías en práctica la técnica del mondadientes para hacer mover la compuerta a tu antojo.
En otoños como estos los recuerdos acuden a mi mente de manera indefinida: el color gris del cielo perdiéndose en una nube de polvo, el color gris disipándose en un horizonte invisible, en un mar sin fondo. Los otoños, además de recordarme que a medida que los días pasan me estoy volviendo más viejo, me llenan de una nostalgia infinita, me traen de vuelta tus ojos y tu sonrisa nocturna para elucubrar absurdos en mi interior y fabricar una amalgama de emociones.
La última noche que nos vimos resolví no abrir el local. Salimos a dar una vuelta por las calles y avenidas del puerto con el solo objetivo de apreciar el transcurrir de los relojes, la dimensión del viento, el extraño tumulto de las aguas del mar. Todos los elementos convergían a nuestro alrededor. Nunca antes una noche había tenido la perspectiva de lo sublime, lo perfecto. Hasta que tus labios se movieron pausadamente y emitieron aquellas palabras:
–Todo va a cambiar…
Esa noche no entendí por completo lo que quisiste decirme. No lo entendí sino hasta la noche siguiente, cuando descubrí que aquél había sido nuestro último encuentro. No volviste. No podías hacerlo; hubieras querido verme una vez más, ¿no es así? Quizás preguntarme cuán importante fue para mí aquél beso fugaz en el malecón, con el mar como color de fondo y el viento alborotando tus cabellos negros, enredándolos con mis manos trémulas. Pero ya no era posible. Una inmensa barrera debía haber entre ambos, transparente y sólida, que ya no te permitía volver al Pousse Cafè, tal vez porque ya no estabas más aquí, porque el local construido con tanto esfuerzo, como alguna vez lo hiciste tú con tus casitas de dulce hechas de panqués, rosquillas y galletas crocantes, ahora yacía destruido, reducido a escombros, y en cada rincón del puerto, una humareda salvaje y espesa cubría chorros de agua, casas destruidas, multitud de cadáveres, todo… absolutamente todo.
Había llanto en cada esquina donde iba a buscarte, las imágenes más espantosas que pude haber contemplado se abrían ante mis ojos, debiste haber sido testigo de ellas… Recién comprendí tu sonrisa despreocupada que, al parecer, disfrazaba una tristeza profunda, alguna imagen lúgubre que pudo aparecerse en tus sueños, como una premonición, y que me la manifestaste aquella noche con esa frase insólita: “Todo va a cambiar”. Pensé, entonces, que hubiese sido correcto huir contigo esa misma noche a cualquier lugar del mundo, a pesar de nuestra diferencia de edades, todo con tal de evitar perdernos el uno del otro. Sin embargo, ya no podemos hacer más nada. Ya se cumplieron treinta y seis años desde que ha perdido su color la vida, y no puedo más que ver todo de una sola tonalidad.
Claudia… mi dulce amor adolescente… si supieras cuánto me hacen falta tus ojos y tu cautivadora sonrisa. Ahora que otro otoño se une a mi inventario de días en cuenta regresiva, la nostalgia se apodera de mi sombra, y mis pasos, cansados ya de tanto andar por las calles en tu búsqueda, se detendrán en alguno de los cafés que pululan por la avenida Bolognesi, ingresaré lentamente, me sentaré en una de las sillas, pediré un capuchino y un panqué, y elaboraré una casita de dulce sin compuerta, fingiendo no saber cómo hacerla girar, esperando que alguna mujer se acerque a donde estoy y me diga, mirándome delicadamente con los mismos ojos acuáticos de cuando eras adolescente, que de chiquilla hubo alguien en su vida que le enseñó a hacer girar aquella compuerta.
Christian Ahumada (Chimbote, 1987). Estudiante de Educación en la Universidad Privada San Pedro. Integrante del Grupo de Arte y Literatura Isla Blanca y del Círculo Literario Anábasis. Ha publicado sus creaciones en revistas y webpages especializadas. Actualmente prepara Alegoría de los sentidos, plaqueta de narrativa.

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