martes, octubre 31, 2006

Trasgresión y entendimiento en las “Prosas impúdicas” de Carlos Rengifo


Gustavo Tapia Reyes

Ubicado dentro de la larga tradición en la literatura peruana, caracterizada por escribir libros hechos de fragmentos o a partir de fragmentos (1), no queriendo afirmar que sea fácil como tampoco lo contrario –en la medida en que ello solo responde a la capacidad creativa del autor–, las Prosas impúdicas (Hipocampo editores, 2005) de Carlos Rengifo (Lima, 1964) quieren relatar, empleando frases cortas, de efecto inmediato, con un lenguaje llano, conciso, impertinente incluso, aunque jamás llegue a la procacidad o brutalidad de lo erótico ni de lo pornográfico, las impresiones, miedos, soledades, angustias, esperanzas, desesperanzas que pueden pasarle a cualquier ser humano cuando se enfrenta a la vivencialidad de un tema que sigue siendo tabú pese al siglo XXI: la cópula, el coito, en suma, el sexo puro elevado a su máxima expresión de oscuridad que tanto fascinaba a Bataille.

Graduado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad San Martín de Porres, director de la revista literaria Penélope y colaborador de otras tantas en el ramo, es dueño de una trayectoria narrativa que ha dado algunos frutos rescatables como los cuentos de El puente de las libélulas (1996), Criaturas de la sombra (1998) y la novela La morada del hastío (2001), Rengifo –siguiendo una práctica tan antigua y constante desde Cervantes hasta Borges– se ha entregado esta vez al simulado papel de ser únicamente el editor del manuscrito de otro escritor, un tal Enrique Mostrenco, para colocar su inspiración dentro del llamado realismo sucio o minimalismo (2), que propugna a pesar suyo o quizás con su absoluta complacencia, en una serie de setenta y ocho fragmentos, sin título o cualquier indicación que los individualice, ninguno de los cuales en extensión pasa de la página, pero que van dejando su sabor de trasgresión (que no por eso raya en la contundencia) aunque, según se afirma en la contraportada, “están hechas con la frescura de la osadía, se regodean en la irreverencia y no quieren salir de allí más que con el vuelo del escarnio” (3).

En consonancia a esto, las prosas breves de Rengifo constituyen la captación de aquellos chispazos que por lo general decimos a media voz (por temor al qué dirán quienes nos escuchen) para expresar en párrafos que, dependiendo de la sensibilidad de cada cual, podrían sonar crudos o exagerados, pero que no en derivada lógica hacen falta a la verdad, que de cualquier modo siempre será superada por la ficción. Claro está que la primera fuente de la que bebe con delectación el autor es la, siempre cuestionada, Realidad, así con mayúscula, en la medida en que el hombre es por naturaleza nacido del sexo, en estado salvaje, en estado puro tan presente, aun cuando para hacerlo “domesticable” se diga que es indispensable el amor y siendo el mismo un sentimiento que muchas veces difiere de lo carnal, hace que resulte difícil poder hablar de un tema así. Por lo tanto, con este libro estamos ante una visión que parte del sexismo, del egocentrismo machista, la versión de un solo lado que considera a la mujer como un simple objeto de uso sexual y que de hecho a causa de ello serán odiadas por las feministas que etiquetan como detestable aquello que huele a macho zaheridor.

No obstante, el sexo también es placer (“La palabra placer significa lo mismo y es bella en todos los idiomas” decía Octavio Paz) y, en esto muchas veces falta el amor, también asociado a la procreación, de lo cual se desprende que Rengifo en la ocasión que tratamos ha debido desembarazarse de los personajes adolescentes, casi púberes de su narrativa temprana, de aquellos que se extravían en sus propias contradicciones en un mundo donde respiran, aunque no comprenden, para inclinarse por la amplitud en edad (cuando lo hace) que solo aporta la experiencia erótica vital y más ahora en una sociedad como la nuestra, donde los signos sexuales están desperdigados por doquiera, de manera directa o soterrada, manejados principalmente por los medios de comunicación que ejercen una enorme influencia que no podemos negar. Así tenemos que de la constatación aportada por el entorno, brotan aseveraciones que se desperdigan tan contundentes, como: "Si bien es cierto que a muchas mujeres no les gusta tomar el semen por una cuestión de paladar, a otras les encanta hacerlo y piden ser colmadas hasta quedar enteramente satisfechas" (p. 38); en otras, cuestiona la respuesta idiota de afirmar que lo primero se le ve a una mujer son los ojos, aun cuando la situación es completamente opuesta: "La fijación que uno tiene por los senos, el trasero, las piernas o alguna parte específica del cuerpo femenino. ¿Qué hace que nos concentremos solo en esa parte? ¿Por qué unas manos o unos pies nos trastornan al punto de llegar –con su sola contemplación o ligero tacto– al orgasmo?" (p. 55), inclusive resulta que el contexto puede ejercer su poderosa influencia, dejando entrever que el pudor funciona en un lugar determinado, mas no en otro, aunque sea demasiado similar la circunstancia que lo origina, dándose una reacción harto distinta: "Sobre la arena, el enseñar las espaldas, los glúteos aceitados por el bronceador, no provoca vergüenza propia ni ajena, puesto que allí esta mostración es la regla. Pero líbrenla del rubor a la chica que, en la oficina, se le desabotona por casualidad la blusa, o al inclinarse a recoger un lapicero se le sube la falda" (p. 78).

Sin embargo, hay otras donde esta misma realidad aparece proporcionando temas de diversa procedencia e índole, enfocando al sexo desde todos los ángulos posibles, en una variada gama que le permite hacer hincapié en las vertientes de la heterosexualidad, bisexualidad y homosexualidad, que siempre han estado presentes en todos los siglos, según la diversidad y complejidad pertenecientes igualmente a ese animal (irracional) llamado hombre que somos, oscilantes entre el bien y el mal, para al hablar de la cucufatería tan occidental, que todavía se mantiene, señala decidido: "No recuerdan, quienes profesan dichos argumentos, que fue a través del sexo que vinieron al mundo y que la exploración corporal bien encaminada vuelve al ejercicio sexual en un arte, el del erotismo, distinto por otro lado de la mera pornografía" (p. 20). O si se refiere al celibato, de hecho cuestionado en la historia humana, acaso por considerarse que está en contra de la naturaleza y, punzando sobre el obligado que deben guardan los sacerdotes de la religión católica, dice, por ejemplo: "No es raro entonces que, de resultas de esta norma, surjan actitudes exabruptas cual destape de una olla cerrada a presión, como la pedofilia, el coito a hurtadillas o el homosexualismo ocasional, actos que, paradójicamente, la misma Iglesia repulsa" (p.17). Es que así es nuestra realidad y como tal nos golpea en el rostro en cualquier momento, teniendo que enfrentarlo pese a que tal vez no lo querramos y prefiramos ocultar lo que es evidente, sobre todo en que los niños ya no creen que ellos o de los demás hayan sido traídos por la cigüeña desde París.

También están aludidos aspectos generalmente mitificados, exagerados o fingidos, sumiéndolos mucho más en el misterio, como son la ninfomanía y el incesto que, sumados, constituyen una amalgama que pudiendo parecer lejana, expresa su cercanía en toda la dimensión de su crudeza: El conflicto padre-hija siempre ha estado latente en muchas mujeres que, a través del arte, han tratado de liberar aquello que las confunde, las gobierna y las estimula también. Luego, líneas después agrega en complemento: "Pero quienes no pueden desahogarse por medio de alguna manifestación artística, lo hacen en el plano sexual, buscando en la proximidad la respuesta a sus múltiples preguntas y cayendo muchas veces en algo parecido a la ninfomanía" (p. 45) y hasta la desviación sexual llamada necrofilia, que no pocas veces ha marcado su presencia en nuestro medio o que se da de modo natural, sin que lo sepamos o acaso aceptándolo, aunque no señalemos expresamente que: "Hay muertos y muertos, y en el afán de limpiarlos para hacer la autopsia respectiva, no es raro que se topen con unos jóvenes cuerpos femeninos que, no importando su condición, a más de uno le parezcan apetecibles, aunque en reversa se da en medio de esto que: solo unos cuantos, según me cuenta un amigo, se atreven a tirarse a la muerta" (p.83).

Asimismo, diversos son los modos de aproximarse al sexo como variopintas fueron las concepciones que sobre el mismo se dieron en las edades históricas, teniendo que esperarse hasta mediados del siglo XX, con los estudios realizados a partir de 1948 por el biólogo norteamericano Alfred Charles Kinsey o los posteriores llevados a cabo por el ginecólogo William Howell Masters y la psicóloga Virginia Johnson (4) para que éste cobre de a pocos, con mucha lentitud realmente, el verdadero rol que cumple en la satisfacción y perpetuidad de la especie humana. En este sentido, en algunas prosas, Rengifo se pone en un plan de nato definidor que maneja los conceptos que aborda, sin que por ello alcance el status de un sexólogo experimentado, puesto que no lo es, explayándose sucesivamente: "Como la boca es un instrumento que tiene mucho que ver con el sexo, el acto de comer también destila su aura de sensualidad" (p. 26); "Los amores al paso son los affaires más aventureros que se puedan imaginar" (p. 19); "El sexo anal es una de las maravillas más placenteras del fornicio. A pesar de que en la mujer esta práctica (si no es bien ejecutada) resulta un tanto dolorosa, dicho ejercicio constituye la variante perfecta para llegar al clímax" (p. 31).

Mientras que en otras prosas, por el contrario, ingresa en el ámbito de lo elementalmente descriptivo, de un observador que va consignando lo que ve y acaso siente, sin demorarse mucho en la acumulación de los detalles que agrupa: "Uno puede encender su libido con la visión de unos senos ostentosos, de unas bien torneadas nalgas, de unos muslos firmes; también por algunos movimientos pélvicos, oscilación de caderas y abertura de piernas, caricias genitales y gestos insinuantes; asimismo a través de una voz sensual que apunta a la imaginación de una mente calenturienta" (p. 22); llegando al mayor extremo en sí de la ficción pura, que hasta parece inverosímil con que pueda tratarse de un nivel de la sexualidad humana, aún no estudiada completamente, por lo cual nos quedamos con la primera pregunta ¿será eso posible?: "Como habíamos estado haciendo el amor en el sillón, fui tras ella con las ansias muy hervidas y, mientras vomitaba con la cabeza hundida en el water, la penetré por detrás y le seguí dando a un ritmo que coincidía con las expulsiones" (p. 69); la segunda pregunta ¿práctica con fundamento?: "Aunque la excitación mujeril no se centra solo en la vagina, una amiga me alcanzó su particular manera de bajar los calores sexuales: metía su calzón en la nevera del refrigerador antes de ponérselo" (p. 25); y la tercera pregunta ¿cómo se llama la estrella?, sin que se nos hayan acabado las mismas: "Una actriz de Hollywood, de las que suelen escandalizar con sus declaraciones, afirmó en una entrevista que su máxima experiencia sexual había sido la de estar con diez hombres a la vez" (p.56).

Definitivamente el hombre tiene muchas aristas y, como decía George Bernard Shaw, “un lado oscuro que oculta a los demás”. Por eso, la faceta sexual del hombre, pese a los avances que en nuestro tiempo se han dado, por lo menos todavía en América Latina continúa éste manteniendo su aura de prohibido, de perversión y hasta de demoníaco que prefiere mantenérsele en lo especulativo. Demasiados mitos siguen pululando en torno al sexo. Así encontramos en unas prosas la expresión de ciertas rarezas que no tienen por qué no responder a la intimidad humana, que empero puede practicarse entre las cuatro paredes de una habitación. Tenemos la zoofilia de una mujer viuda: "Su única compañía es un pastor alemán, a quien alimenta y cuida con dedicación, y con el que anda de un lado a otro como su fiel guardián" (p. 70); "El olor pestilente convertido en un agradable perfume: Sé de un recién casado que, cada vez que su mujer se cambia de calzón, él, sin que lo vean, suele olerlo hasta la saciedad, embriagado por su aroma" (p.80). También acerca de la comprobación de algunas certezas, siempre pretendidamente negadas, pese a su consistencia insoslayable. La depilación femenina: "El vello en general no agrada mucho a las mujeres. De allí la paciente y a veces dolorosa depilación a la que se someten, más aún tratándose del vello axilar que, a pesar de su diferente textura, remite inevitablemente al que cubre los genitales" (p. 42); "La masturbación de las mismas: No es verdad que las mujeres no se masturben. Aparte del dedo y del vibrador o consolador, buscan otras formas menos obvias de autocomplacerse" (p. 85), sin olvidar que, por eso mismo, acaso como una notable excepción que confirma la regla, están las apariencias que, con su largo manto de sombra, esconden lo que hay detrás, tanto que engendraron la voluminosa novela titulada El nombre de la rosa de Umberto Eco: "A más de un cura joven, esta atractiva 'mojigata' ha intentado seducir, y sé por unos de ellos que, cuando va al confesionario, no lleva bragas bajo el faldón. ¿Cómo lo sabe?" (p.90).

Aunque Rengifo haya utilizado la primera persona para escribir, no creemos que se trate de asuntos directamente autobiográficos. Tal vez esto lleva a que el autor se ponga en un plan de quien busca desacralizar el sexo para vulgarizarlo, ponerlo bajo la luz de cada día como en: "La manía de fingir orgasmos. Todas las mujeres, tarde o temprano lo hacen, y lo más curioso es que después viene la hipocresía. '¿Te gustó?' 'Sí, querido, estuvo riquísimo' "(p.23); también lanza sentencias que lo catalogan como un condenador venido a menos, pese a lo cual afirma rotundo que: "Cuando tenemos sexo –sépalo bien– somos animales, bestias en celo que al término del clímax en el paulatino descenso a la tierra, lo menos que queremos ver son volutas de humo danzando sobre nuestro rostro" (p. 48); llegando a contradecirse respecto al espacio que inicialmente le otorgó, cayendo en la ingenuidad que raya con el ridículo frente a lo que es científico y por lo mismo comprobable: "Sin embargo, cual sería la cara del(a) limpiador(a) que se encargó de restablecer el cuarto en el que una noche estuve con una chica en plena regla y, al término del revolcón, manchamos toda la sábana de sangre. ¿Habrá pensado que hubo un asesinato?" (p. 52); agregándole su dosis de pertenencia al mal del que, en algún momento, pensamos el autor iba a separarse, para convertirse en un Marqués de Sade de la época contemporánea, considerando al sexo en la medida de lo innato, que no tiene por qué ser satanizado. De ahí que habla en forma condicionada: "Si el sexo es un rito diabólico, habría que alucinar que somos los Hijos del Mal, vertiendo nuestro veneno en cada inocente aldeana del pudor" (p. 53).

Estructuralmente el libro tiene falencias, por cuanto hay algunos fragmentos que bien pudieron haber sido depurados, en particular aquellos que hacen referencia a las experiencias que pueda tener un imberbe, un joven cronológicamente hablando, aun cuando son de un adulto las que priman en su mayoría. Al respecto, es ilustrativa la referencia a las procaces conversaciones que se hacen por Internet, "puesto que la verdadera identidad está a salvo" (p. 74), igualmente resultan gratuitas las aproximaciones en torno al cine, fuente que si bien puede mostrar el sexo a modo de realidad, también ha servido para oscurecerlo: "Existen escenas y situaciones cinematográficas que quedan en la retina del espectador como un fogonazo de irreversible alteración" (p.33); o los juegos sexuales que naturalmente forman una parte de la práctica humana, ilusamente mencionados: "Como si la mano actuara sola y no estuviera quieta hasta colarse entre las piernas" (p.47). Están demás también las otras vivencias que se expresan, obteniendo a duras penas sus propios espacios, aun cuando eso lo sabe medio mundo: "Se fornica en todas partes, en el piso, sobre la mesa, bajo las escaleras, en posturas y situaciones que van de lo hilarante a lo grotesco" (p.27), hasta llegar al cuestionamiento a quien hurga en sus páginas, aunque sin la fuerza que hubiera sido deseable, porque cae en lo ordinario de una invocación televisiva, que ahora se repite por escrito: "¡Vamos decídanse! O se es marica o no se es" (p.24).

Asimismo, aunque en el falso prólogo de Mariano Berlanga, supuesto profesor de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Ottawa (Canadá), se diga que el libro puede “leerse de atrás para adelante, del medio hacia los costados, o donde caiga el primer vistazo” (5), en verdad esto resulta desfavorable para el conjunto del volumen, del que nunca se sabe hacia dónde apunta, perdiendo contundencia en lo que se supone va por lo impúdico. Esta tendencia lo pierde las veces en que su lenguaje se pone absurdamente poético, aún cuando no puede serlo: "masajes tibios, dúctiles, serenos, masajes que adormecen y permiten descansar, masajes continuos, duraderos, masajes capaces de propiciar un suspiro satisfactorio" (p. 79). Es decir, Rengifo en la voz de Mostrenco (o acaso al revés) termina desmintiéndose a sí mismo y deriva hacia un entendimiento, hacia una conciliación, poniendo entre paréntesis la trasgresión originalmente planteada. Por cierto, a ello contribuye el hecho de que las prosas, al no hallarse numeradas ni tituladas, presentan una compaginación desordenada que fomenta el caos. Porque a pesar de su prometido desenfado afirmando que “todas intentan retar a la pudicia, presentan situaciones que ahondan en la piel, juegan con la mente acartonada, y no se detienen en los escarceos para dejar en claro su intención calenturienta” (6) las Prosas impúdicas, que tampoco quieren ser un moderno manual de educación sexual, culminan no asustando ni siquiera a los burgueses, pues no por serlo o considerarse con el adjetivo de “impúdicas” llegan acaso a golpear la sensibilidad de quien las hurga, dejándonos con el sabor en los labios, pues a pesar de lo enunciado -como en una historia de amor que acabó pudiendo ser, pese a que nunca fue- no alcanza para colmar las expectativas.

En los tiempos de la Edad Media, es solo una expresión, Carlos Rengifo hubiese ido a parar a la hoguera, en cambio ahora ello es inconcebible, implicaría una gratuita publicidad que lo beneficiaría haciéndolo “famoso”. De aquí proviene pues nos resulte imposible entender la suficiente razón que justifique la utilización de un seudónimo para esconderse como “Enrique Mostrenco” (cuyo apellido en nuestro español tan coloquial indica a un “ignorante o tardo en discurrir o aprender”(7)), en un iconoclasta que tal vez intentó ser sin alcanzar a serlo, salvo que con ello haya sintomáticamente querido expresar, al mismo tiempo, que el sexo a inicios del siglo XXI prosigue en el campo del tabú, puesto que de lo contrario, sería una resta y no un agregado que aumente su condición de marginal que este libro pretende.

Notas

(1) Quizás su más próxima filiación literaria sean las Prosas apátridas, con la distancia temática del caso, aquel libro memorable de nuestro inmortal narrador Julio Ramón Ribeyro.
(2) Movimiento literario aparecido en la literatura norteamericana, introducido por el director de la influyente revista literaria inglesa Granta, Bill Bufford, en 1983. Entre sus representantes más destacados se menciona a Raymond Carver y Richard Ford.
(3) Contraportada de Prosas impúdicas, Hipocampo editores, Lima 2005.
(4) Nos referimos, entre otros estudios, al Comportamiento sexual del hombre (1948) de Alfred Kinsey y La respuesta sexual humana (1966) de William Masters y Virginia Jonson.
(5) Prólogo a las "Prosas impúdicas de un desconocido" (según se anota), Hipocampo editores, págs. 11-12.
(6) Contraportada de Prosas impúdicas, ibídem.
(7) Diccionario de la Real Academia Española, edición virtual, consultada el 30-I-2006.