viernes, septiembre 01, 2006

El realismo mágico en la novela "Alejandro y los pescadores de Tancay"


Gustavo Tapia Reyes

Editada por primera vez en Italia (2004), con una introducción de Antonio Melis, la novela Alejandro y los pescadores de Tancay (APT en adelante) del narrador chimbotano Braulio Muñoz, constituye un extraordinario resumen bajo el significativo subtítulo de “Memorias” de lo que es la historia de nuestro puerto, oscilante entre la realidad y la magia, teniendo al terremoto del 31 de mayo de 1970 como un hecho desencadenante del cual derivarán los problemas posteriores, habiendo tenido anticipos del mismo, también reflejados en la novela que cronológicamente llega hasta hoy, porque “la línea narrativa –escribe Gonzalo Pantigoso– va asimilando los sucesos importantes que han ido configurando parte de la realidad de este puerto”(2). Toda una amplia historia que, abarcando varios siglos, aún se mantiene en gran parte inédita y que con urgencia aguarda un especialista que se encargue de investigarla como es debido.

Pero no se crea que es un novela histórica, en el sentido clásico del término, sino que refleja a ese Chimbote de aquellos años idílicos, plena época del llamado “boom pesquero”, cuya característica elemental radica en que los hombres de mar se aseaban con billetes en reemplazo del papel higiénico, aún cuando era solo una caleta –que después adquiriría su nombre de etimología incierta (3)– con playas de aguas limpias y transparentes, con pescadores artesanales que no necesitaban internarse en lanchas mar adentro (pesca industrial depredadora) para que puedan encontrar los cardúmenes, porque estos se hallaban al borde de las orillas (pesca artesanal respetuosa). Muestra a ese pueblo pujante y emergente que, empero, vencido por la soberbia y el orgullo ante la abundante riqueza marina, malentendió que el progreso consistía en la acumulación de dinero, sin darse cuenta de que esta palabra tiene un alto costo que, unida al concepto de civilización, ha culminado por derivar en una cruel barbarie.

Por eso APT es un doloroso canto de protesta ante lo perdido. Es el lamento de un nativo que, durante su juventud en el puerto, fue secretario general del Sindicato de Trabajadores de Construcción Civil, director del periódico “La Antorcha”, presidente de la I Convención Nacional de Juventudes, integrante de la Asociación Nacional de Periodistas, miembro fundador del Campamento Atahualpa, integrante de la Casa del Niño Chimbotano, dirigente de instituciones sociales, entre otras ocupaciones, y que ahora, residiendo en el extranjero desde hace varios años, se gana la vida como catedrático del Departamento de Antropología y Sociología del Swarthmore College de Pensilvania (Estados Unidos), siente la nostalgia por el terruño y, enfrentando al presente, se conduele por lo que ha sucedido: ser considerado uno de los puertos más contaminados del mundo. Muñoz escribe su novela como un testigo comprometido que se remonta a un pasado distante, que empieza aproximadamente por los años 60 y se traslada incluso a los remotos orígenes en las culturas precolombinas.

Técnicamente, la novela es un largo racconto, carente de una trama argumental que engarce sus treinta y seis capítulos, aunque leída y vista en conjunto, se encuentra el hilo conductor que señala como su escenario principal a la zona de Villa María, mediante un monólogo de recuerdos narrados e hilvanados por el personaje principal, don Morales, haciendo referencias a lo que dijeron o hicieron doña Pelagia y Genaro, como personajes alternos, a un muerto de nombre Alejandro Moscoso Huamán, pariente suyo además, que está siendo velado (asesinado por subversivo en busca de justicia) y que, por la secuela de variados personajes que desfilan a través de sus capítulos, hacen evocar a “La colmena” de Camilo José Cela. Sin embargo, esta novela se diferencia de la del Nóbel español en tanto varios capítulos son en verdad resúmenes apretados, porque de no haber procedido su autor de ese modo, hubiera tenido que abarcar más allá de las 186 páginas. APT puede ser dividida en dos bloques. En el primero, están aquellos donde una historia integra hasta un máximo de dos capítulos para delinear las características de un personaje individual, colectivo o un determinado escenario, como al hablar de Viroca desde su infancia pasa a su juventud en que se convierte en un rocanrolero (capítulos XIX-XX); o de don Mauricio que era un inmigrante y chofer de trayler que detenido es enviado a la cárcel de Lurigancho (capítulos XXVI-XXVII); o cuando se describe el cementerio antes de culminar con el entierro de Alejandro (capítulos XXXV-XXXVI); mientras en el segundo bloque, cada capítulo está dedicado a un personaje o personajes distintos que, con sus historias narradas de manera independiente, configuran el universo de la novela, como los chiteros (capítulo VII), Patón (capítulo IX), Hermelindo (capítulo X), Cacho el cangrejero (capítulo XIII), Lalo (capítulo XV), don Augusto (capítulo XXV), don Franco (capítulo XXVIII), entre otros. De todos son particularmente destacables el capítulo XI titulado “Carmela”, que presenta la relación antagónica entre una perra del mismo nombre y su dueño, un hombre malvado que pretende matarla en diversas formas, hasta que en un intento más casi se ahoga, siendo salvado por el fiel animal; el capítulo XXX, cuyo personaje es el Padre Parker, encarnando la presencia de la religión católica, que imparte fundando el Colegio Mundo Mejor y presidiendo una parroquia, a la par que lucha contra La Cabra, una prostituta dueña de una casa de citas (cuyo desenlace recuerda a “La Casa Verde” de Vargas Llosa); y el capítulo XXXIII que habla de Canchero como “que era dueño de todo. Se metía por todos lados, con el pecho abierto y adornado con medallas de oro. Desafiaba a los gallos de la Casa Rosada a pelear a cuchillo” (p. 175) y que, por las alusiones en otras páginas, aunadas a su propio nombre, nos conducen a pensar en la fórmula: Canchero igual Banchero, el multimillonario armador, pero que después, a saber por la trágica muerte del segundo, deja entrever que si bien no tenemos certeza que el autor se haya “inspirado” en el personaje real, a lo menos lo tomó en cuenta antes de crear el suyo.

Para dar consistencia a las historias que comprende APT, Muñoz ha recurrido a la mención de escenarios que caracterizan al puerto desde antaño, como la zona industrial del 27 de Octubre, las playas El Dorado y Besique, el propio Villa María que deviene en central, un antiguo prostíbulo, la carretera Panamericana que significa la conexión universal de Chimbote con otras ciudades, el distrito de Samanco, el mismo Tancay que está desde el título y que ahora se ha convertido en el agitado Campamento Atahualpa, además de Lurigancho (Lima) y Chán Chán (Trujillo), relacionados bajo el espacio siguiente antes de la destrucción porque: “El puerto era todo un mundo de aventuras, de oportunidades, de ilusiones” (p.25), encuadrando el ambiente unidireccional sobre el cual se asientan las historias puesto que de aquí provienen, de manera indirecta o indirecta, todos los personajes que mejor conoce el narrador: las vivencias de los pescadores artesanales de ese entonces (chiteros, roseteros, nocturnos, bolicheros, mojarrilleros), los pescadores de peña que les llaman o de cordel en otros términos: “Todos piensan que los pescadores salen temprano y regresan tarde con sus lanchas llenas de pescado. Los ven como gente callada, siempre mirando a la distancia, queriendo regresar al hogar”, afirma al inicio del capítulo III, para unas líneas después aclarar: “Pero los que pescábamos en las rocas no éramos así. Nosotros éramos solitarios, pacientes, metidos en las piedras y en el sonido del mar” (p.27), los mismos que manejan una serie de mitos mágico-religiosos buscando explicar diversos aspectos de su faena diaria. Los escenarios son desmenuzados para especificar los ambientes que pisan, previos a internarse en el mar, que, vale decirlo, no cumple un rol protagónico en la novela. Más bien son “Las costas” que en el capítulo IV describen a las zonas limpias antes de la contaminación; “Los sitios” que en el capítulo XVI refieren los lugares donde se podía pescar y donde no, hasta “Los pozos” que en el capítulo XXI indica la importancia de cuidar el agua dulce para sobrevivir.

La presencia de La Piedra viene a ser una muestra del modo de religiosidad popular que tienen esos hombres, por cuanto desde un principio se oponen a que dicho monolito, al que todos reverenciaban porque “si uno veía a La Piedra cuando el sol se estaba hundiendo por El Dorado, uno veía a La Virgen cargando en su espalda al niño Jesús” (p.51), sea trasladado a un museo de Lima, pues ellos creyendo firmemente en el poder de esta, se unieron para defenderla: “La piedra se quedó. Allí está todavía; solo que ahora parece tener garúa perpetua. Sufre por todos nosotros” (p.55). Otro elemento que forma parte de una cosmovisión, vigente a pesar de los siglos, es aquella que hace referencia a las almas o “Las Almitas” conforme el título del capítulo XVIII, indicando que los humanos no se van para siempre de la tierra y que muchos se quedan a interrelacionarse con los vivos: “Algunas estarían llenas de soledad y solo buscaban cómo pasar el tiempo. Pero otras, más viejas y sabidas, querían jalarnos a su mundo para que tomáramos su lugar y ellas se fueran al cielo o al infierno” (p.102), aunándose a esto la presencia de los duendes, que vienen a ser las almas de quienes murieron siendo niños. Un tercer elemento mítico es El Rey, cuya imagen representa la sabiduría acumulada en siglos, siendo un pescador más entre los comunes, factible de ser asesinado, pero con una ventaja que lo transforma en una especie de vidente: “Dicen que El Rey podía hablar con todos los animales. Que por eso conversó con el último cocho, un pelícano marrón con rayas blancas que vivía por aquí” (p. 76). Por último, un cuarto elemento viene a ser la mención a Los Gentiles, seres de naturaleza pagana que otrora habitaron el puerto, individuos antiquísimos que tuvieron su época y que en muchas zonas (principalmente la sierra) son señalados como los creadores de una civilización, cuyos vestigios arqueológicos atribuimos a las culturas precolombinas o al incanato. Y esto se explica en el contexto de la novela, porque los primeros pobladores de Chimbote fueron inmigrantes que, en consecuencia, traían una cultura propia que solo transplantaron: “Porque en esos días muchos todavía le tenían miedo a Los Gentiles; ya pocos los comprendían. Más tarde vinieron gentes de todas partes del mundo y ya juntos todos se olvidaron de Los Gentiles” (p.136).

A dichos elementos debemos agregar el capítulo XXXII, titulado “Los presagios”, donde en forma gradual se van señalando los sucesos que anticipaban lo que sería la destrucción final: “Porque Tancay empezó morir de veras a fines de los ochenta“ (p.170), ocurren el nefasto huaico secuela del devastador terremoto del 70, la aparición de una plaga de zancudos salidos de los pantanos, el fenómeno del Niño que hizo crecer vegetación en los arenales, la densa neblina inamovible que se instaló durante varios días y hasta la muerte de Canchero fue el corolario para la adversidad: “Villa María ya estaba medio asfixiada por huaycos, terremotos, maremotos, zancudos, y el maldito olor de pescado hervido que no dejaba ni comer“ (p. 174). A la vez, este capítulo puede ser unificado con el capítulo XXXIV, titulado “El desastre”, en la medida en que en este se detalla la atroz realidad en que consistió esta destrucción: “encontramos como a cien lobos marinos varados. También había tortugas, cangrejos, cachemas, tiburones de arena y de hondura, tramboyos, peces globos, rayas, merluzas, hasta pejeblanco..., todos chapaleando por la orilla, tratando de salvarse de las aguas amarillentas” (p. 180). Es decir, una cruel lección del entorno a consecuencia de no haberse ceñido a los preceptos manejados por los pescadores artesanales que, en medio de sus rudimentarias formas de trabajo, nunca atentaron contra el equilibrio ecológico por cuanto en APT “la figura del pescador auténtico está animada por una clara línea de conducta, sedimentada a través de los siglos. Ella se manifiesta, por ejemplo, en el rechazo de una explotación indiscriminada de la pesca. Cuando alguien asume una actitud de prepotencia, de ignorancia del sentido del límite, recibe su llamado al orden por la colectividad y por la propia naturaleza, a veces, en forma trágica” (4).

Es resaltante el capítulo I, titulado “El valle” que, en poco más de tres páginas, representa una especie de poética de la novela que, además de la mención a muchos personajes que posteriormente aparecerán, contiene una rápida descripción del Chimbote despoblado de aquellos años y que, no obstante, nunca estuvo aislado del resto del Perú, por cuanto diversos estudiosos vieron a este espacio en condición de grandemente futurista: “El desierto es como una franja angosta. Es como una culebra echada entre aguas frías y cerros calientes. La arena amarilla, casi azul cuando hay neblina, vuelve al desierto duro, desolado” (p. 19), y que en razón de ello no podía olvidar su remoto pasado: “Dicen que los Moche llegaron primero. Pero tal vez hubo otros. Porque uno nunca sabe” (p. 20), incluso está reseñado el fenómeno de las migraciones que pobló mucho más el puerto: “Así y todo, la gente vino como moscas. Para los sesenta, cuando nos conocimos, ya había miles y miles de almas; como un cuarto de millón, ¿te acuerdas? Llegaron de todas partes. De la sierra, del desierto, de las barriadas de Lima, de la selva misma.” (p.21). Igualmente, hay dos frases que, apareciendo cual letanía repetidas en distintas páginas, sirven para explicar tanto a los personajes como al amplio escenario de la novela. Con la primera, malditas fábricas, se denota la omnisciente y paulatina destrucción sufrida por ese espacio paradisíaco que, por ejemplo, permitía que los pobladores se bañaran en las arenas de la playa frente al Malecón Grau, Plaza 28 de Julio o el Hotel de Turistas, implicando que el arribo de capitales foráneos trajo la desgracia. Con la segunda, corazón limpio, queda especificado que los hombres deben ser justos para que tengan buenas faenas en el mar (los pescadores) o se desenvuelvan en sus propias actividades (el sacerdote, la prostituta, entre otros).

Un aspecto a considerar es el manejo del lenguaje que, pese a la lejanía física del puerto, no ha convertido a su autor en un alienado que abjura de sus innatos modos de expresión y, por el contrario, narra su novela bajo las estructuras lingüísticas que caracterizan a un español como el nuestro, que presenta la influencia de las lenguas prehispánicas, en especial del quechua, con la introducción de términos sacados de esta lengua y la aparición de los verbos colocados al final de las oraciones gramaticales. Al respecto, el mismo Braulio Muñoz ha declarado que debió defender con tenacidad sus formas empleadas frente a los afanes de la correctora española empeñada en “occidentalizar” el lenguaje de su novela. Así tenemos auténticas expresiones como: “Amalaya te quedaras unos años más por acá siquiera; a ti sí te contaría” (p.22), “De tanta vida no más es” (p. 23), “Querían sentir la brisa, seguro“ (p.57), corroboradas por lo establecido en el capítulo XVII, titulado “Las palabras”, que sirve para afirmar los recuerdos como armas indispensables para no dejarse vencer por la fragilidad de la memoria, que suele jugar a favor para que lo sucedido se pierda en el tiempo.

En suma, APT desborda chimbotanismo por cada una de sus páginas. No podemos aproximarnos a esta si es que no somos de Chimbote o no hemos adoptado el puerto como nuestro para sentirlo, amarlo, quererlo, soportarlo, sufrirlo, gozarlo, vivirlo en un presente que se ha tornado desalentador, aunque no por ello debamos abandonarlo. Hace algún tiempo, Saniel Lozano anotaba que Chimbote: “Sigue siendo el referente motivador a la espera del narrador o el poeta que pueda traducir su compleja red socioeconómica, política y cultural. Está a la espera del escritor que refleje el medio y la peripecia vital del hombre” (5), algo que en parte creemos ha quedado resuelto con esta novela que en su complejidad se ha empapado de muchas características que son inherentes a nuestro puerto y, a saber por los sucesos narrados, que postulan “impedir que se pierda el recuerdo de un mundo que se ha ido derrumbando en una proceso acelerado” (6), es definitivamente una novela contra el olvido.

NOTAS

(1) MUÑOZ, Braulio. Alejandro y los pescadores de Tancay. Ediciones de la Universidad Los Ángeles de Chimbote. Segunda edición. Perú, 2005, versión en la que basamos este ensayo.
(2) PANTIGOSO, Gonzalo. "Los pescadores de Tancay", en: Revista Peruana de Literatura N° 3, enero-febrero-marzo 2005, p.20.
(3) Hay quienes sostienen que la palabra Chimbote deriva del verbo quechua “Chimbar” que significa remar, que a su vez originó el sustantivo “Chimbador”, o sea quien rema o remador. Otros afirman que proviene de lo afirmado por unos marinos ingleses, quienes, al descubrir que no había botes, afirmaron en su español deficiente que era un puerto “Shin bote”.
(4) MELIS, Antonio. “Para contar la historia”, introducción a la segunda edición de la novela, p.15.
(5) LOZANO, Saniel. El rostro de la brisa. Chimbote en su literatura. Editorial La Libertad. Trujillo, 1992. p. 29.
(6) MELIS, Antonio. Op. Cit., p.15.