sábado, julio 15, 2006

Las fotografías


Christian Reynoso Torres

Habíamos hablado más de cien veces por teléfono pero no nos conocíamos. La razón era porque vivíamos en ciudades diferentes. De hecho, hoy seguimos viviendo en ciudades diferentes pero ya nos conocemos. Así, cada fin de semana nos encontramos en alguna ciudad intermedia, hacemos el amor, conversamos y disfrutamos de buenas comidas. Cuando llega la hora de volver, nos despedimos con los ojos tristes y cansados. Los buses, desesperados por partir, nos arrancan besos de último momento que se prolongan hasta el siguiente fin de semana.
Pero la historia comienza meses atrás, cuando solo hablábamos por teléfono y no nos conocíamos. ¿Quién hubiera imaginado que al conocernos todo cambiaría en nuestras vidas? Que al estar al hilo telefónico sin saber cómo era cada uno, desperdiciamos mucho tiempo. Y pensar que todo empezó por una revista de música llamada Celia baila jazz.
Mi nombre es L, trabajo en una empresa editorial. Mi labor consiste en hacer la supervisión de la edición fotográfica. F, con quien conversaba por teléfono, es una mujer hermosa, fotógrafa y amante del jazz. Gracias a unos amigos pude saber de ella. Fue así como después de algunas comunicaciones telefónicas acordamos que me enviaría, para la revista, un juego de fotografías inéditas de un famoso músico de jazz que había llegado anónimamente a su ciudad.
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Acordamos que sería un juego de 35 fotografías repartidas en tres envíos. Tuvo que pasar un mes para recibir el primer envío. Durante ese tiempo, hablamos por teléfono muchas veces para aclarar dudas en torno a las fotografías. Si eran en primer plano, medio cuerpo, foto detalle, etcétera. Debo reconocer que su voz delataba otro tipo de persona, y no la que yo creía. O sea, uno puede hacerse muchas ideas de cómo es una persona con tan solo escuchar su voz. Pero estoy seguro de que son pocos los que aciertan o los que logran construir una imagen aproximada de la persona en cuestión. En fin. Quedamos en que F enviaría las fotografías digitalizadas, pero al momento de la versión de pre-prensa de Celia baila jazz hubo problemas. La calidad de las fotografías disminuyó en gran medida. Así que para el segundo envío acordamos que F mandaría las fotografías en su primer revelado y con sus respectivos negativos. En la editorial se haría una reimpresión, ajustando los colores a las necesidades de la revista. Solo había que escoger 12 de las 35.
Hasta que recibí el último envío. Fueron las mejores fotografías porque captaban momentos precisos en que el famoso músico de jazz tocaba de incógnito en un bar desconocido. Pero en este tercer sobre no solo llegaron las fotografías del músico, sino, dos más que F había incluido por error.
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Las dos fotografías que F incluyó por equivocación medían 20 por 15 centímetros. Una era más nueva que la otra, y la vieja, era vieja, porque se notaba que había sido manipulada más que la otra. Sin embargo, la calidad de imagen de las dos, era buena. ¿Cuántos ojos las habrán visto?, me pregunté.
La fotografía más nueva mostraba el rostro de una mujer en primer plano. No miraba a la cámara sino a la izquierda. En el ambiente corría viento, porque sus cabellos, largos, castaños y ondeados, volaban en el aire en la misma dirección de su mirada. Algunos se posaban sobre su rostro sin impedir ver sus ojos, grandes y redondos. Los labios y los pómulos hacían un juego compartido, brindando una sonrisa, fresca y coqueta. En la parte posterior de la fotografía decía:
¡Preciosa, corre, Preciosa, que te coge el viento verde! (F. García Lorca. Pag. 14, Barcelona, otoño del 2002).
La otra fotografía, la más vieja, mostraba a la misma mujer de cuerpo entero, desnuda y sentada en un sillón blanco. Sobre su hombro derecho había un búho. Sus pequeños senos, tímidos, se perdían en la blancura de su piel. El monte de Venus sobresalía, oscuro y poblado, a partir de su sexo. Sus piernas, largas y formadas, se veían atractivas. Y sobre sus pies, que se apoyaban en una alfombra roja, había un saxofón. Atrás de la fotografía decía:
Pero no sé qué ganará con verme. Hago mal a todos los que se me acercan. (E. Sábato. Pag. 41. Lago Grande, sin fecha).
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Después de ver las dos fotografías quedé con la duda de decírselo a F. Podía coger el teléfono y llamarla y preguntarle. Quizás ella misma no sabía que las había enviado. Quizás las estaría buscando. Quizás eran parte de un trabajo o archivo importante. También pensé que yo solo me complicaba. Si realmente eran importantes sería ella quien preguntaría. Por último, yo no haría nada con las fotografías. Las guardaría en un lugar seguro y terminaría olvidándome de ellas. Aunque debo admitir que la fotografía más vieja me dejó intrigado. ¿Era acaso una foto artística? ¿Por qué había esas combinaciones tan extrañas? Un sillón blanco, un búho, un saxofón y en medio de todo, una mujer desnuda. Y además, la extraña inscripción que había atrás. Lo único que podía reconocer era la palabra Sábato. Sabía que era un escritor argentino.
Con el último envío de F se completó la serie de 12 fotografías del famoso músico de jazz. A la semana Celia baila jazz salió publicada. Para la presentación invitamos a F. Yo mismo fui a recogerla al aeropuerto. Ahí nos vimos por primera vez. Resultó gracioso conocernos y, más aún, hablar sin un aparato telefónico de por medio, como lo habíamos hecho tantas veces. Pero para mí la sorpresa fue más grande. F era la misma mujer de las dos fotografías. No lo podía creer. Significaba que sin saberlo ya la había conocido, e incluso la había visto desnuda. Por supuesto, no le dije nada.
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Durante la presentación de la revista estuvimos juntos. Ahí fue que surgió cierta simpatía y atracción entre los dos. Para la noche fuimos al teatro Municipal a ver un concierto de jazz (tocó Les Amants de Juliette y Dixielanders Jazz Band) que se hizo a propósito de la presentación de la revista. Al día siguiente F debía partir. Quedamos en vernos pronto. F dijo que todavía tendría que pasar un tiempo. En tres días salía del país por cuestiones de trabajo y no tenía fecha de retorno. Pero apenas estuviese de vuelta me llamaría.
Con la publicación de Celia baila jazz todo el mundo se enteró que el famoso músico de jazz caminaba por ahí de incógnito. La prensa empezó a buscarlo y sus admiradores a averiguar su paradero. No pensé que las fotografías publicadas en la revista causarían tanta conmoción. Sucedía que nadie podía creer que en cualquier lugar podían cruzarse con él. Sin embargo, las fotografías publicadas daban fe de ello. En unas se le veía en un restaurante; en otras, en un supermercado; en otras, en un bar; en otras, en un billar, etcétera.
Así pasaron unos días. F salió del país y yo empecé a trabajar en el siguiente número de Celia baila jazz. Hasta que un día, una trágica noticia fue difundida por los medios de comunicación. El detective Granados, desde la Jefatura de la Policía, informó que el famoso músico de jazz había sido encontrado muerto.
–Ha sido un asesinato en primer grado –dijo–. Al parecer cometido hace dos semanas. El cuerpo yacía sobre un sillón blanco, a su costado había un búho y más allá, en una alfombra roja, un saxofón. Pistas un tanto extrañas, pero estamos investigando, aunque hasta el momento no tengamos a ningún sospechoso.
Quedé con la boca abierta.
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Al saber del asesinato del famoso músico, los días siguientes me entró una terrible y angustiosa sospecha. La fotografía que F había enviado por error, donde ella salía desnuda, mostraba las mismas pistas encontradas en el lugar del asesinato. ¿Por qué esa similitud? El sillón blanco, el búho, el saxofón, la alfombra roja. ¿Acaso ella era la asesina? ¿Y por qué había salido del país? Era extraño. Sin embargo, como no tenía la suficiente certeza preferí ocultar la fotografía. Tenía miedo de que alguien más que yo pudiese verla.
A la semana recibí una llamada. Era F. Ya había vuelto. Le dije que al día siguiente viajaría a su ciudad. Aceptó. Dijo que le lleve un libro de regalo, la novela El túnel de E. Sábato. Está bien, respondí. Cuando estuvimos juntos no hubo mucho preámbulo para decidirnos a empezar una relación. La atracción se convirtió en pasión. Por supuesto, no pude evitar contarle del asesinato del famoso músico de jazz.
–Qué lamentable –dijo–. Quizás las fotografías publicadas en Celia baila jazz fueron las últimas que se le tomaron.
Y no hablamos más del tema. Nunca le dije nada de las fotografías que envió por error. Ella tampoco nunca lo mencionó. Desde entonces, cada fin de semana, F y yo nos encontramos en alguna ciudad intermedia entre las nuestras, hacemos el amor, conversamos y disfrutamos de buenas comidas. Al día siguiente, cada uno parte a su ciudad. Es en el viaje de regreso que recién tomo conciencia de mis actos, y lo único que sé, es que cada fin de semana me entra la terrible duda de saber si estoy o no durmiendo al lado de una asesina.

Christian Reynoso Torres (Puno, 1978). Ha estudiado Ciencias de la Comunicación Social en la Universidad Nacional del Altiplano. Publicó el libro de relatos Los Testimonios del Manto Sagrado (2001) y el libro periodístico Látigo del Altiplano. Biografía de Samuel Frisancho (2002). Obtuvo el primer lugar en los Juegos Florales de la Universidad Nacional del Altiplano, los años 2001 y 2003.
Ilustración: Maricarmen Rodríguez (México).