miércoles, julio 05, 2006

La fuga interior


Ítalo Morales

Hoy no escribiré más sobre ti; lo haré sobre mí; exploraré en mis comarcas las huellas que nunca pudiste ver. No tengo reparos en confesar a todos lo que tú dejaste en mi historia todavía no escrita. Me haré por eso un nuevo simio capaz de enfrentarme a mis orígenes, a mi carácter y tomar esta versión con la fortaleza de un buen samaritano. Por eso tú comprenderás que la vida es más que una subida, un eterno retroceso, siempre hacia un círculo donde nos espera la magia de los topos, el lamento de sombras que vivieron en la edad temprana de la prehistoria. Juzgo tu vida a partir de la mía. Solo verificando mis errores comprenderás que ambos fuimos como hermanos en medio de una barbarie: una suerte de salamandras buscando procrearse en la lluvia, en los desiertos amarillos. Esa es la verdad, mi burbuja de aire. Tú ya no puedes retroceder para buscarme, para inventar de nuevo mi cabeza y mis ojos. Todo esto que creo real es una ilusión tuya, un sueño que te niegas a reconocer. Yo no existo como quieren hacerme creer los hombrecitos de la ciudad. Mis manos y mis pies nunca podrán dejar huellas en los senderos y en las paredes. No podré escribir en una pizarra o dejar un libro festejado para ustedes. Simplemente no puedo porque todo lo mío es una excusa, un perdón o no sé qué. Solo poseo la certeza de que tú eres lo que dejé, lo que tendré que dejar. Por eso repito: no puedo creer que tenga un hijo en tu vientre. No puedo hacerlo porque soy imagen de la nostalgia, un paraíso en ruinas. No tolero más esta desesperación.

Vuelve, mi héroe, vuelve a tu fruto construido en las vastas sabanas de un cuarto sucio y musgoso. ¿Recuerdas los días estériles en la pradera? ¿Recuerdas cuando nos abandonábamos en la lluvia, bajo los sauces que con su aullido nos daban miedo? Tienes que recordarlo; tú no puedes olvidarte de mí por tan solo creer en las falsas teorías que invaden el mundo: No, mi pequeño, tienes que regresar para ver a tu hijo que está convirtiéndose en un árbol aquí en mi cuerpo. Tienes que rozar tus manos sobre mi vientre y oír cómo juega a ser un dios: pataleando en su universo, dejando que las estrellas llenen sus ojitos. Puedo sentirlo como si fuera yo misma o un hueso más de mi osamenta. ¿Sabes cómo pienso llamarlo? No te lo diré en esta carta. Tengo que verte de nuevo, mirarte de lleno, redescubrir las huellas de tu mirada: ver la luz que solías poseer cuando apenas te conocí. ¿Por qué has dejado que las sombras te invadan, que te hagan una suerte de lobo estepario? No entiendo por qué tuviste que dejar de escribir esos poemas subterráneos que tanto te gustaba enviarme. Simplemente no comprendo muchas cosas que incendiaron nuestro mundo. Antes todo era un paraíso entre nosotros. Me acuerdo de aquel día que fuimos a la playa y caminamos descalzos por la orilla. El sol tibio nos imprimía en una nostalgia poco conocida. Recuerdo que me abrazaste fuerte, como si alguien te fuera a absorber hacia un abismo y me dijiste que temías la soledad. Te contesté que no entendía el porqué. No estabas solo. Yo latía contigo para protegerte de los infiernos que a diario asolaban tu reino: yo, mi amado, deseaba extinguir de ti toda telaraña, toda inmundicia. Pero tú insististe en que la soledad era de otro orden. No se trataba de una compañía física, de un conjunto de hombres reunidos en un espacio. La soledad, me dijiste, era algo más eterno: un canto en el cosmos, un grito que se infiltraba en los huecos más alejados de la galaxia más remota. La soledad te dolía en la médula, allí se convertía en un fuego que te iba consumiendo. ¿Qué podría quedar de ti sino las cenizas en poco tiempo?

Lo siento, mi nena, no puedo regresar a tus dominios. He cumplido un tiempo en tu mundo y ahora debo convertirme en lo que siempre he sido: un espejismo. Debo huir de esta demencia, dejarme ser y regresar a un reino donde pueda poseer la eternidad. Viajaré, mi nena, hacia el oriente, me internaré en alguna selva para oír el canto de los pájaros silvestres y beber el agua de la lluvia limpia. No podré recordar entonces si todo esto alguna vez existió. Es más, me dolerá saber que tú también te fundirás en una piedra, que tendré que olvidarte como todas las cosas bellas que amé. Esa es mi condena: olvidar para mi bien, para no morir doblemente en este mundo. No deberás buscarme ni dejar que te consuman los años por tan solo colgarte de mi recuerdo. Insisto, yo no puedo volver hacia ti, hacia ese hijo que dices que procreé. Pero ¿qué sentido tiene que lo afirme si de mí quedará solo esta carta como signo de decadencia? Sé que mis palabras habrán de lastimarte más de lo que sufres. Siempre te creí una frágil hoja. Lo siento, querida. Es que la vida me ha golpeado tanto que ya no sé si esto lo hago solo por egoísmo. No puedo engañarme para demostrar una vanidad ya roída. Sé que el mundo ha girado inversamente cuando dormía, que en ese lapso muchos castillos sucumbieron, muchos reyes hicieron su festín. Mientras dormía la escena ha cambiado. Ahora soy otro que busca su raza en la cual eternizarse. Es que tengo miedo a lo que queda tras la muerte, no a la muerte misma. Aborrezco tener que morir al lado de un recuerdo y de fotografías que reflejen mi faz. Siempre la decrepitud me pareció canalla, siempre su negativa me atrajo para mi bien. Por eso tengo que huir de ti y de ese hijo. No porque no los quiera. En verdad los amo como todo lo que fue. La razón es por esto que detallo: es una búsqueda metafísica, un retorno al tiempo virgen de las murallas, al hueco donde jamás debí salir. No sé si alguna vez podrás entenderme, pero es todo lo que tengo que decir. Adiós, pequeña, mañana deberé partir y por favor no vayas a buscarme. Me duelen las despedidas tristes. Prefiero que nadie me llore porque yo mismo tengo miedo de hacerlo. Déjame libre, un águila en la búsqueda de su cielo. Eso es, mi pequeña: quédate con ese hijo que pronto habrá de preguntar por mí. Dile como recomiendan los libros: Yo nunca existí, yo fui un duende, un ángel que pobló tus miedos en noches cálidas y huecas. Relátale sueños, cuéntale que todo lo nuestro fue una gran ilusión. Presiento que llegará el día en que él diga lo mismo que yo.

Escribo esta carta justo hoy, cuando miro el eclipse de luna. Arriba el cielo semeja tu risa funesta de los últimos tiempos. ¿Por qué tuviste que lastimarte tú mismo pensando en ideas que no valían la pena? ¿A quién le importaba el origen del universo? ¿A quién le preocupaba el sentido del caos? Solo a ti, querido, solo a ti. Es que en el fondo tú eras diferente, eras como esos magos que encerrados en sus casuchas intentaban descubrir el elixir de la vida. Una imagen me basta para sintetizar tu emblema. Recuerdo el día en que te visité para salir al bosque. Cuando abriste la puerta vi un rostro gastado, vi todo un siglo aplastado en tus ojos: allí estaba una generación entera. En tus muecas descubrí acaso tu ascendencia poblada de rostros incendiarios, allí estaban también mis hijos con tus mismas tristezas. No sé, allí comprendí que tú jamás podrías cambiar. Te pregunté qué pasaba. Me dijiste que nada. Enseguida salimos y en silencio caminamos largo trecho. En el bosque el olor de los algarrobos y los sauces alentaba una paz jamás sentida. Caminamos hasta llegar cerca de un arroyo. Allí, bajo la sombra de un pacae inmenso, nos sentamos. A los lejos pude ver otros arroyos serpenteando hacia el Este. Me sentía bien respirando ese olor de montaña. Cuando volví a ver redescubrir tu cara te noté extasiado por una emoción inversa. Una sonrisa pugnaba contra tus miedos. Estabas absorto, mirando una hormiga que se arrastraba bajo tus piernas. Vi cómo la seguías, risueño, a cada instante más alegre. Entonces comprendí muchas cosas que jamás había podido entender. En ese momento el mundo se detuvo para mí. Ni las teorías y los libros pudieron revelarme esa magia que descubrí en ese instante. Allí estabas exactamente tú; no el de la ciudad, no el de los libros, las conferencias y las eternas infamias. Entre la hormiga y tú se había producido un pacto implícito, como el habido entre la luz y la sombra: eran distintos pero se atraían. Me acerqué a tu lado y tomándote de la mano te pregunté si estabas mejor. Giraste el rostro violáceo y dijiste que sí. Suspiré con una profunda resignación y te di un beso en la frente. ¿Recuerdas? Luego me tomaste de la mano, acercaste tus labios a mi boca y susurrando dijiste: ¿Viste qué bonita hormiga? Si no hubiera visto tu deleite, tus miedos arrastrados a un foso, no habría podido responder. ¿Una hormiga podía ser bella? Comprendí que sí, que todas las cosas podían serlo. Todo hubiera sido notable si la persistencia te hubiera llevado a sonreír por siempre. Pero no lo hiciste. Ese paseo se disolvió como los tantos que tuvimos. La ciudad, ese animal viejo, gastado, volvió a tragarte de nuevo, a vomitarte en cada estanque, en cada cloaca, arrastrado por el humo y las musarañas. No sabía qué tenía que hacer para que regresaras a ver a esa hormiga, pero era tarde. Cuando te hablé sobre el hijo me echaste la risa más tonta del mundo y giraste el cuerpo de nuevo hacia tu submundo, a convertirte en un reptil, en una oruga. Yo amaba la poesía y te amaba a ti. Pero sé que alguna tarde alguno de los dos tendríamos que partir. Eso lo presentía, no podía negarlo. Mis sueños me revelaron eso y otras cosas que no quiero decir ahora. Por eso, mi duende, si al principio te dije vuelve, creo que me arrepiento. Es mejor para ti, para tus helechos, que viajes hacia el sol. Yo me encargaré del hijo que ambos sembramos en las horas raídas. Cuando crezca le diré que su padre fue el susurro, como siempre escribías en las paredes. Le diré que una noche el viento abrió mi ventana y me arrastró hacia sus dominios en el otro cerco del universo. Allí me hizo suya y me dejó como recuerdo esta tristeza que lamento.

1 Comments:

Anonymous víctor coral said...

la palabra "PUDISTE" al inciar un texto es una demostración de las carencias del narrador. No me ha permitido continuar.
Un abrazo y salud por los que persisten.

11:41 PM  

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