martes, julio 04, 2006

El realismo visceral en el cuento "El dependiente" de Antonio Salinas


Gustavo Tapia Reyes

Nunca será suficiente lamentar la ausencia de un escritor como Antonio Salinas (1944-1997), destacado miembro del grupo literario Isla Blanca de Chimbote, quien falleciera justamente cuando había empezado a dar los mejores frutos de un indudable talento narrativo, muestra de la cual queda su memorable relato “El dependiente”, publicado por primera vez en la revista Alborada N° 20, más tarde incluido por Gonzalo Pantigoso en la 2da. edición de sus Cuentos del último navegante. Antología del cuento chimbotano (1997) (1) y posteriormente reunido en el volumen póstumo Verdenegro alucinado moscón (2000).

Desde la primera línea, en “El dependiente” encontramos el realismo visceral en toda su extensión, o el naturalismo si se quiere, para narrar una historia que bien puede suceder en Lima o en cualquier otra ciudad del Perú o América Latina, donde hallamos a un joven emigrante de nombre Pablo Alcántara, quien para sobrevivir trabaja como tal en la bodega de don Julio, un tipo amargado, pesimista, que se la pasa renegando con él y contra él, siempre en procura de darle lecciones sobre cómo administrar y hacer crecer un negocio, en tanto durante un año no le paga por su trabajo, haciendo que el muchacho decida retirarse y, al anunciárselo, ocasiona el enfurecimiento de aquel, le diga que no lo esperará ni una semana para que se vaya si no en el acto mismo, insultándolo, llamándolo ladrón, provocando así que Pablo Alcántara le pegue un puñete y huya.

Es un texto cerrado, donde no sobran ni faltan las palabras. Técnicamente Salinas ya dominaba los secretos de la narrativa corta, superando en gran parte las falencias del único libro que publicó en vida, El bagre partido (1985), donde si bien hay textos rescatables, como el muchas veces antologado “Los ataúdes de mi padre” (2), hay otros –como el que da título al conjunto– que no funcionan dentro del campo autónomo de la ficción. Con “El dependiente”, en cambio, había comenzado a salir del abismo. El argumento se desenvuelve en dos planos que se unifican de continuo, junto a la presencia del narrador omnisciente, entre los recuerdos de Alcántara al transcurrir el año en la bodega y el ahora que suscita el brutal diálogo con su patrón, de modo tal que gradualmente la tensión va acrecentándose hasta al alcanzar el clímax. El personaje ubica la acción en un presente: “Existen dos maneras de vivir –pensaba en esa noche interminable tratando de dormir sobre los paquetes de papel Kraft, Pablo Alcántara–. Dos maneras: la de aquí de la bodega y la de afuera” (p.43). Después aparece el narrador omnisciente, aquel que observa y puntualiza la acción para hablar en pasado: “Pablo traía la mirada de un fugitivo, y don Julio supo al primer instante, que ese muchacho desesperado tenía hambre, un hambre de cholo, de pobre diablo” (p.43). Brota así la pugna entre ambas fuerzas, donde metáforas como “un pobre y triste pájaro”, “un huérfano de provincia”, sirven para describir y acentuar más la dramática situación.

Pero esta asimismo se incrementa a través de crudas visiones, viscerales representaciones de la realidad que se viven en nuestro país, cuando un provinciano viaja a Lima en plan de aventurar (“las locas ilusiones me sacaron de mi pueblo”, decía la vieja canción de Laureano Martínez): “Y lo miraba como a un miserable animal que ha metido la cabeza en una calabaza llena de tripas, era la cazuela, sobras del almuerzo” (p.44). Todo es orientado a presentar el estado de cosas, cuando hay alguien que se siente superior pues el otro está en lo inferior. El enfrentamiento se evidencia porque aquel cree conocerlo todo y el muchacho percibe que no puede refutarlo, soportando hasta las burlas, el otro es el héroe: “¿Tú crees que en diez años se puede llegar a tener un negocio como este? Qué inocente eres, carajo! Conseguir esto me ha llevado toda mi vida!” (p.44). A continuación, viene un lapso que podemos llamar de horizontalidad, el patrón opta por decir que le enseñará todo, haciendo de él un buen dependiente, soltándole los prejuicios y temores que lo persiguen, aunque reiterando que nadie puede vencerlo, mostrándose como un benefactor: “Aquí tendrás todo, casa, comida y ropa. Aquí aprenderás a ser hombre, un verdadero hombre” (p.46).

En todo relato, los elementos de intensidad y tensión planteados por Julio Cortázar (3), deben mantenerse para que cuanto se va narrando no pierda interés. Salinas da un repentino giro del pasado al presente: “Hace un año y la noche es interminable. Tengo que irme, no he sido flojo ni sucio. Seré ladrón” (p.47). Tomada la decisión, falta decírselo al hombre que nunca está conforme y siempre quiere ganar más, inclusive apelando al recurso de robarle al cliente. Por lo visto, a pesar de los años que pasará residiendo en París, el autor no olvidó la idiosincrasia del comerciante local: “Don Julio pertenece a esa casta de serranos renegados. Niño llegó al Callao, trabajó y robó toda su vida, se volvió un chalaco, del Llauca como él dice” (p.48). Luego, del plano del narrador omnisciente pasa al plano del protagonista que, decidido a irse, en la noche previa saca los billetes que ocultó debajo de una loseta para: “A la luz de la vela, como un cansado y asustado zapatero, hizo un hueco en cada tacón, metió los billetes y con el tubo de cola instantánea que ya tenía preparado de hace tres días, pegó los tacos y se quedó borrando toda huella visible hasta la madrugada” (p.49).

El relato es meticulosamente realista y Salinas no ha querido dar tregua, excepto para mostrar el contraste que se da en nuestro país y en el resto de América Latina, donde las diferencias sociales son tan hondas que incluso un poco de dinero implica desde ya muchas cosas: “Él tiene la plata, y tener plata, significa tener razón” (p.51). Hasta aquí la narración se ha centrado en esperar la reacción que tendrá don Julio, en tanto Pablo duda. Sin embargo, lo que parecía un final previsible y rápido, acaba siendo de una prolongada intensidad: “Calla, calla, a mí no me vas a venir a dar consejos. Y qué es eso de amenazarme que la próxima semana te vas. Si quieres irte, te largas ahora mismo” (p.50). Es la ruptura inesperada de fuerzas, el patrón pasa al ataque y el dependiente se pone en defensa, aguardando no convertirse en un perdedor, porque aquel es como un crótalo al que “le hubiesen pisado la cola” (p.51) y que rabioso ataca sin piedad, dejándolo en el desconcierto de no saber qué hará en adelante al ser encarado con una pregunta: “¿Ya acomodaste todo lo que te pertenece? No te olvides que llegaste sin nada y te vas con una caja” (p.52).

Pese al naturalismo punzante del relato, Salinas no pretende probar ninguna tesis. Don Julio es un individuo tan desconfiando que duda de su propia sombra y cuando ve que Pablo está a punto de marcharse, decide revisar la caja que se lleva y, queriendo encontrarle una prueba de que le está robando, pasa al extremo: “le obligó a bajarse los pantalones creyendo que iba a encontrar una bolsita llena de plata escondida entre el sexo” (p.53). Su paranoia se acrecienta y le pide se quite los zapatos para husmearlos, porque está seguro que ese chimbotero, como se dice en la narración, está robándole. Es el típico representante del patrón abusivo que, herido en su orgullo clasemediero, no quiere ser un derrotado, mientras al dependiente, por no tener nada, solo le resta salvar el decoro. El narrador omnisciente agrega: “Hay en su mirada una mezcla de cólera y miedo al mismo tiempo. Lo ve como perdido, en una ominosa floresta buscando un sendero, una salida que lo lleve a su cabaña, a su bodega” (p.54). Todo termina en el plano del conflicto que ambos representan: dos clases sociales en pugna, buscando ganar su propio espacio o mantenerlo. La diestra descripción de los caracteres sirve para profundizar el problema, ante la negativa de aquel al pedido de unas monedas para su pasaje, acabando por mentarle la madre, por lo que este voltea y le pega un rotundo puñete que lo hace trastabillar y caer contra una vitrina haciéndola añicos. Por el hábil empleo de la metáfora –dándole un marco bucólico– observando al protagonista como un pájaro, es perfecta la frase final del relato (el muchacho huye): “Se pierde entre los jaracandaes bajo una lluvia de flores rojas, despavorido corre sin lograr levantar el vuelo” (p.54).

Se trata de uno de los mejores relatos escritos por José Antonio Palacios Salinas, literariamente Antonio Salinas, quien naciera en Lima, pero que desde niño radicó en Chimbote hasta 1960, cuando se convirtió en un trashumante que recorrió todo el Perú y diversos países de América y Europa fijando en 1974 su residencia en París (Francia) donde, salvo por esporádicas visitas al puerto, permaneció hasta su muerte. “La mayoría escribe sobre lo que más detesta” declaró alguna vez (4) y creemos seguramente que nuestro narrador odiaba las injusticias y diferencias sociales, reflejándolas con tanta precisión en “El dependiente”, haciendo que soñáramos con textos próximos, al encontrar el desfogue de su capacidad narrativa a gran nivel, que solo su desaparición física frustró.

NOTAS

(1) PANTIGOSO, Gonzalo. Cuentos del último navegante. Antología del cuento chimbotano. Río Santa Editores. Chimbote, 1997. Hemos tomado las citas de esta edición.
(2) Un fragmento de este relato ha sido incluido por Saniel Lozano en su libro El rostro de la brisa. Chimbote en su literatura (1992), pp. 216-220 y, completamente, por Ricardo Ayllón en su muestra Navegar en la lluvia. Antología del cuento ancashino (2003), pp. 65-79.
(3) En su conocido ensayo "Algunos aspectos del cuento", incluido por Roberto Reyes Tarazona en su compendio La caza del cuento, Editorial Universitaria, Lima, 2004, el inmortal argentino desarrolla estas ideas afirmando que en todo buen relato el narrador debe ganar por knock out al lector.
(4) En una entrevista de Roland Forgues a Antonio Salinas, publicada en la Revista Alborada N° 25. 3ra. Época. Año 3. Febrero de 2003.