viernes, junio 30, 2006

Historia de mis mudanzas


He's a real nowhere Man,
Sitting in his Nowhere Land,
Making all his nowhere plans
for nobody
Nowhere man / THE BEATLES

Augusto Rubio Acosta

Me da pena decirlo pero desde que pasé a engrosar el enorme ejército de unemployed people de mi país, como que la literatura “ha vuelto” a mí como por arte de magia. Será que antes, más ocupado en tareas burocráticas, anodinas y hasta cierto punto improductivas e irrelevantes –era editor de textos universitarios de dudosa calidad, procedencia y autoría– el tiempo me era escaso, y para cuando podía disponer de él, este se reducía o se tradujo en los poquísimos poemas y artículos que llegué a publicar en algunas revistas especializadas y medios periodísticos del medio que confiaron –no sé por qué– en las cosas que escribí por ese tiempo (no quiero pensar que fue por rellenar espacio).

El hecho es que ahora que tengo tiempo, leo –como dicen los muchachos– “a forro”, corrijo más de la cuenta “again”, “acuarela”, “visita de Picabia a su taller”, “azul”, “memoria de Nolasco”, dos poemas sin título, y uno más que tengo casi listo y que habla de mi muerte (todos son poemas de las últimas dos semanas). En paralelo, también redacto nuevas “Tierra de nadie” (esta no, esta salió así in promtus) y hace unos días terminé de escribir “Mar por dentro”, mi nuevo cuento. De manera que como se verá, he regresado al vicio y de paso también ya me estoy desviando del tema, cuándo no.

El título lo señala claramente y entonces debo regresar al cauce, a recordar el día triste y gris en que me mudé por primera vez, el día que salí para siempre de la primera cuadra de Meiggs, de mi casa de Miramar, de mi esquina... Fue un 12 de octubre, lo recuerdo bien; llegaron varios forzudos contratados en el Terminal Portuario y cargaron nuestras cosas en un camión de “la línea”. Así, tras dos o tres viajes al nuevo domicilio, mis padres acabaron de una sola cachetada con mi infancia. No volví a pisar más la cancha del Alianza Miramar, frente a casa, tampoco a jugar futsal en la iglesia Virgen de la Puerta, mucho menos a correr tras un balón en el pasaje La Merced, ni a emocionarme en las tardes de fútbol familiar en la TV, cuando Cueto, Velásquez y Cubillas eran el mediocampo del Alianza Lima corazón y la selección nacional.

¡Qué tiempo!... De Miramar nos mudamos (¿yo también lo hice?, ¿es decir yo también me mudé física y emocionalmente?...) a El Trapecio, a una casa amplia, gris y de tres pisos que me acogió hasta el día en que me largué (porque no me fui, me largué) a Lima a estudiar lo que más quería. En “la horrible” mi casa quedó primero en la calle Clement de Pueblo Libre, al cabo de un año me volví a mudar a un espacio mayor en la calle Chimú. Finalmente la andanada de libros, casettes, VHS y otros trastos antediluvianos pero entrañables, más mi cuerpo, mis camisas cuadriculadas de franela, la familia toda, nos trasladamos al nuevo departamento de la avenida La Mar.

Con alguna experiencia te diré, estimado lector, que es una vaina andar de mudanza en mudanza. Muy complicado: se te “pierden” cosas, hay que estar embalando a cada rato, cargando bultos (se te arquea la espalda, suave con la hernia), poniendo clavos, redecorando todo, comunicando a los amigos la “buena nueva”, la correspondencia no te llega, hay que volver a armar la biblioteca, hasta se le obliga a uno a tender la cama que nunca tiende porque es “casa nueva”, que taxi para aquí, camioncitos para allá, y mil etcéteras más. Cuando uno se muda los “forzudos” siempre se llevan algo, hasta se produce cierto daño psicológico en quien se muda (a pesar de lo antisocial de mi conducta, casi siempre hubo alguien a quien le conmovió mi partida del barrio). Los que se mudan a menudo casi no tienen amigos o si los tienen son amistades “al paso”. Si hasta en la pesadilla de anoche asomó la vieja pregunta que una vez me hizo alguien a quemarropa: ¿cuándo te comprarás una casa, piraña, y dejarás de andar a salto de mata?... Todo esto, como verán, se constituye en suma: en una auténtica v-a-i-n-a…

Pero ahora que recuerdo, mamá contó una vez que cuando era muy pequeño, bebito casi, se salió el río Lacramarca por el 21 de abril, llegando las aguas y el barro –a pesar de los sacos de arena que colocaron los vecinos como barricada– a inundar Miramar y la casa donde vivíamos. Felizmente se habían tomado las previsiones del caso ante el rumor de los desbordes, y la mudanza a las casas de madera de La Caleta se hizo inminente unos días antes de la desgracia. Pero eso debí anotarlo al comienzo, lapsus le dicen.

Mientras estudiaba en Lima, mi casa de Chimbote volvió a padecer su triste e innombrable destino: “mis cosas” volvieron a ser trasladadas de El Trapecio a El Pacífico, a unos metros del bosque que ahora es la Plaza Mayor. Y al cabo de una década, cuando decidí volver a la ciudad, una llamada telefónica me advirtió antes del viaje que ahora vivía en Casuarinas. Me dieron una nueva dirección a donde llegué de madrugada con mis cajas, mis trapos y mis cuadernos borroneados de tanto rayar; era increíble, me había mudado de nuevo. La casa de mi madre aún continúa en Casuarinas y espero que nunca más se mueva de ahí (¿escuchas, Tere?, ya déjate de vainas). Pero de Casuarinas a El Pacífico, de El Pacífico a Casuarinas, un breve intervalo me llevó a un lugar llamado Macondo en los días en que amanecía el nuevo siglo.

Te aburrirás seguro, lector, con esta historia a todas luces personal e intrascendente. Deberás saber en todo caso que estas líneas que tienes al frente y que sigues con fruición obedecen a mi nueva “recaída”, a mi regreso al vicio y en todo caso hasta me podría servir de “tratamiento”, de catarsis, de simple anecdotario, de pasatiempo y testimonio absurdo, hasta de bronca y de reclamo pueden servir estos párrafos. Y es que a veces me pregunto: ¿de dónde soy?, ¿soy de Miramar, de La Caleta, de Pacífico, de Pueblo Libre, de Macondo, de Casuarinas o del downtown Chimbote a donde me he mudado –de nuevo, qué triste Gucho– hace un par de semanas?... ¿acaso soy de ningún lugar y el título de esta columna nunca estuvo peor puesto?, ¿acaso soy un “nowhere man”, like The Beatles´ song?, ¿un paria en esta ciudad terriblemente hermosa?...

Como decía al inicio, me da pena decirlo, pero todo parece indicar que habrá un tiempo más en que continuaré con domicilio móvil. Andaré aún in movement, de aquí para allá, del túnel (suave, Sábato) a San Luis, de Tangay al malecón, y de ahí quién sabe a dónde hasta que San Peter se acuerde, se digne o se atreva a escribirle por e-mail al Gucho y decirle hasta aquí, ya no más, basta ya de mudanzas, I know it, you´re tired. Ahora por fin descansarás arriba, más allá de La Huaca, en el lotecito que te corresponde, allá donde las cruces de madera las carcome el viento y donde el recuerdo es pasto del mejor y el peor de los inviernos…

Augusto Rubio Acosta (Chimbote, 1973). Comunicador, poeta y narrador. Es coordinador del Grupo Isla Blanca, dirige el sello Marea Cultural y preside en Chimbote la Comisión Organizadora del V Encuentro Nacional de Escritores “Manuel Jesús Baquerizo”. Ha publicado el poemario Inventario de iras y sueños y el libro de relatos Avenida indiferencia. E-mail: gucholakra@hotmail.com.

1 Comments:

Anonymous víctor coral said...

"medios periodísticos del medio".
Perdonen, pero no puedo continuar con la lectura.

11:46 PM  

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