miércoles, junio 28, 2006

Distancias e irresoluciones de la narrativa nacional a partir de la Polémica del diario "Perú 21"

Ricardo Ayllón

La reciente “polémica andinos-criollos”, estimulada y difundida por el diario limeño Perú 21 (del 29 de junio al 18 de agosto de 2005), permitió comprobar no solamente la existencia de viejos antagonismos entre los escritores peruanos (1), sino también cómo es que algunos conceptos manejados dentro de nuestros estudios literarios aún no se definen con claridad entre críticos y creadores. Las intervenciones de los polemistas, además de hacer poco por insuflar de ideas renovadoras el debate y proyectar una disyuntiva extrema, prescindieron de esclarecer definiciones fundamentales, lo que hubiese ayudado a distinguir mejor los términos del debate. Entre aquellas, precisamente la magnitud y alcance de los puntos principales de este: las calificaciones de “andina” y “criolla” para las narrativas cuyos agentes pusieron en pugna.

1. En torno a los conceptos de la narrativa andina

La narrativa andina de la que se habló en la polémica fue calificada por Miguel Gutiérrez, el escritor que la inició, como “nueva” y omitida por un grupo hegemónico de escritores, así como marginados y minimizados sus representantes; contra esta (siempre siguiendo al iniciador de la Polémica) caminaría en paralelo una narrativa urbana que domina los medios de comunicación (y que con el transcurrir del debate se la denominará con el consabido calificativo de “criolla”). Tal bipolaridad, además de ponernos al tanto de un fenómeno que parte en dos a la narrativa nacional, cautiva nuestro interés de indagar en cuestiones puntuales insertados en el esclarecimiento del carácter de la literatura peruana.
Uno de estos es, como ya adelantamos, volver sobre la complexión andina de la narrativa considerada como tal. Quizá lo más fácil para definir a la narrativa andina, sobre la base de esta situación controversial, sea señalar simplemente que es aquella que se opone a la narrativa criolla. Pero esto, además de ligero, no nos dice nada acerca de una manifestación que cuenta con una fisonomía producida por sus propios grados evolutivos.
Lo primero será preguntarnos si la calidad de “andino” corresponde únicamente a la cultura vivenciada en la sierra del Perú; y, si es así, qué haríamos con aquellas comunidades andinas que se han desplazado hasta la costa con todas sus costumbres y tradiciones. Y tomando como referencia la cadena montañosa que cruza nuestro continente, ¿acaso no es lícito pensar en toda Sudamérica como “andina”, y referirse en este sentido a una “literatura andina” como continental? En Puno, el escritor y profesor Jorge Flórez-Aybar, considerando a los Andes como la patria de todas las sangres (pero dueña de una misma identidad), plantea para nuestra literatura una nueva corriente: “el andinismo” (4:19). Con estos pocos precedentes, la pregunta se diversifica: ¿De qué hablamos entonces cuando decimos “andino”?, ¿de un calificativo geográfico, étnico, sentimental o social?
Tales supuestos pueden parecer ingenuos mirados desde el proceso que han seguido las denominadas literaturas indígenas e indigenistas, aquellas que tienen como hitos al Inca Garcilaso de la Vega, Melgar, Clorinda Matto de Turner, Churata y Arguedas, quienes mostrarían un derrotero transitorio hasta esta “andinidad”. Sin embargo, el asunto no es tan simple, pues la narrativa andina no solo posee aquella connotación regional de lo indígena entronizada en su denominación, sino que presenta rasgos compatibles con el mestizaje cultural y la modernidad.
Al repasar los “Motivos de la realización del Congreso” de narradores en Madrid (acontecimiento previo a la Polémica de Perú 21), hallamos un sincero interés por una narrativa andina que, “siguiendo el modelo creado por José María Arguedas, se cuestiona a sí misma y evoluciona en la producción de los nuevos escritores que aparecen a partir de los 80” (1:2), poniendo la obra de Óscar Colchado Lucio y Zein Zorrilla como ejemplos. Sin duda, los organizadores del Congreso se están refiriendo a aquella narrativa andina actual que, más allá de las propuestas lingüísticas (español quechuizado), el enfoque atávico y las posibilidades históricas de lo indígena –categorías que caracterizaron a la narrativa arguediana–, ha permitido la incursión de las actuales técnicas de narrar producidas por una literatura cada vez más global y mundialmente integrada.
Sin embargo, volviendo a las argumentaciones del iniciador de la Polémica de Perú 21, este nos advierte sobre los errores de algunas de las tesis referidas a dicha narrativa, “como aquella que sostiene que la narrativa andina represente la esencia de lo peruano”. Suponemos que tal advertencia está dirigida a nuestro carácter de heterogeneidad, a las múltiples caras de la literatura peruana, diversa como el país mismo. Y en este sentido, la afirmación de diversas identidades obliga a erigir como patrón la interculturalidad, que debió haber sido una de las principales guías en la referida polémica.
Una narrativa aparentemente marginada por grupos hegemónicos, pero que a la vez se irroga la esencia de lo peruano, nos lleva a vislumbrar un ánimo de reivindicación, una reacción de los cultores de la narrativa andina, quienes, sobre la base de esta premisa, permiten distinguir mejor los motivos de su posición beligerante en esta contienda de ideas. Sin embargo, si somos cautelosos en revisar los nombres de los participantes en la polémica no hallamos a quienes serían las verdaderas víctimas de la aludida marginación (2) (pues de ser así los “polemistas andinos” no hubiesen tenido oportunidad de voz en un diario hegemónico como Perú 21), si no más bien a sus apoderados o tutores, escritores de origen provinciano afincados desde la juventud en Lima y que, con los años, se han hecho de una profusa lectoría nacional (como Miguel Gutiérrez y Oswaldo Reynoso). En tal sentido, nos hubiese gustado conocer las opiniones de, por ejemplo, aquellos narradores a los que se refería el texto de motivos del congreso en Madrid, es decir quienes han replanteado el modelo de Arguedas desde provincias o desde la propia Lima, como los mencionados Colchado y Zorrilla, pero también Enrique Rosas Paravicino (Cusco), Andrés Cloud (Huanuco) Feliciano Padilla (Puno), Macedonio Villafán (Ancash), entre otros, narradores que, habiendo demostrado su indudable valor (como lo señala el iniciador de la polémica), no participaron en esta.
Efectivamente, desde la década del 80 existe una narrativa en provincias que, gracias a su calidad, se ha hecho visible y se hace cada vez más sólida. Su característica más clara es, como ya dijimos, superar y modificar los tópicos de la narrativa neo-indigenista, pero también tocar temas de violencia política y mostrar como principal escenario a la urbe serrana con protagonistas que nos hablan claramente de nuestra multiplicidad cultural. ¿Se dijo esto en la Polémica de Perú 21? No, solo se intentó evidenciar la presencia de grupos hegemónicos de escritores y su poder en los medios periodísticos, se discutió acerca de la calidad o no de los escritores andinos y criollos sobre la base de la venta de sus libros (como si esto determinara la excelencia literaria) y se soltaron reproches a partir de posiciones ideológicas encontradas. Faltaron conceptos esclarecedores que pusieran al tanto al lector común y corriente, aquel que no tenía la obligación de conocer de cerca los revanchismos y resentimientos personales de los participantes.

2. Presencia de las literaturas regionales

La vigorosa labor de los escritores de provincias permite asimismo entrever un rasgo aun más particular en la literatura peruana, nos referimos a las denominadas literaturas regionales (3), sin duda involucradas también en esta polémica, las cuales últimamente han logrado que el enfoque centralista de nuestra literatura sea insuficiente debido a la cantidad y diversidad de su producción. Esto, a pesar de que algunos de los escritores residentes en provincias se sienten incómodos con el termino “regional”, como el narrador ancashino Macedonio Villafán, quien al referirse a la narrativa escrita en su departamento, manifiesta: “No creo que haya una literatura de la sierra y una literatura de la costa en nuestra región. Dudo incluso que haya una literatura regional, lo regional es un término que nos limita” (Las cursivas son nuestras) (3:10), o les resulte molesto el que se les recuerde su condición de “andinos”, tal como refiere Zein Zorrilla cuando indica cómo un crítico le aconsejó que “No repitamos tanto lo de nuestra procedencia andina” (7: 28).
Para el novelista Marcos Yauri Montero, sin embargo, lo regional no debe ser pensado solamente desde el aspecto físico (del cual no será fácil precisar sus dimensiones) sino desde una imagen ideológica, desde un constructo fabricado por la cultura y la imaginación de sus creadores. Es decir, una vez que el paisaje haya sido cubierto por el pensamiento humano e inventado por sus escritores, se podrá hablar de la existencia de lo regional. En este sentido, la presencia e identidad de las literaturas regionales en el Perú están condicionadas a que en las narraciones de sus escritores exista esta imagen ideológica, esta reelaboración e invención de su realidad, la misma que tiene que estar compuesta por los elementos que la componen, como la historia, la tradición, la multiplicidad cultural, la heterogeneidad étnica, social, económica, etc. (6:22, 24). Dejando abierta la tarea de verificar si tales signos son identificables en los libros de nuestros escritores regionales, o aún continúan rozando solo lo superficial sin crear –sobre la base del espacio físico– un imaginario propio e identificable.
La distinción que hace Juan Morillo Ganoza al respecto, reconoce en primer lugar una literatura regional socio-geográfica que denomina el espacio donde se produce determinada narrativa (poniendo como ejemplo la “novela surista” norteamericana, a la que pertenece, entre otras, una de las más importantes obras de la narrativa mundial, como la de William Faulkner), y en segundo lugar, un criterio que busca ser limitativo y peyorativo, el cual maneja el concepto de que cierta literatura no tiene la capacidad de trasponer los linderos local y regional (2:24).

Sin embargo, el particularismo que se aviene con el postmodernismo permite esta existencia de las literaturas regionales como un contrapeso del centralismo, el cual se va agotando con el surgimiento de una idea de descentralización que en cualquier momento comenzará a ser un proceso mental más que un asunto político. Asimismo, desde el objetivo de lograr una visión equitativa para la configuración de una auténtica conciencia literaria nacional, las literaturas regionales se convierten en insoslayables. Y aquí hay que anotar no solo el trabajo de los creadores, sino el sistema organizativo que se teje alrededor de su producción literaria, como la presencia de editoriales netamente regionales (Río Santa Editores en Ancash, Petroglifo en Cajamarca, Lago Sagrado en Arequipa, Sietevientos en Piura, etc.), o los intentos de revisar las literaturas regionales a través de eventos especializados, como el Encuentro Nacional de Escritores “Manuel Jesús Baquerizo” que se desarrolla anualmente desde el 2002 en diferentes provincias peruanas (4).

3. Tipología de la narrativa criolla

El otro lado de la polémica es la presencia de lo criollo, aquella categoría surgida en el colonialismo y de la que no sabemos si continúa poseyendo los mismos rasgos con que la definió nuestra historia literaria. ¿Qué es lo criollo actualmente, aquella vertiente que aún rechaza lo andino por diferencia de intereses en la sociedad?, ¿o como anota Ricardo Vírhuez, aquella que si antes se arropó de hispanismo actualmente se fundamenta en los criterios de la globalización y el neoliberalismo como elementos constitutivos de nuestra realidad y de nuestro tiempo? (5:3). ¿Podemos hablar aún de una literatura con el semblante del viejo criollismo?

Según los parámetros de la polémica en cuestión, la narrativa criolla –como ocurre con los términos de la andina– tampoco está expresamente definida; y se menciona más bien a una secta hegemónica de remedo criollo parapetada tras los signos que definen los nuevos tiempos. Gutiérrez, luego de describir el proceso que vino a definir sus actuales características, define a este grupo del siguiente modo: “el viejo clan se reagrupa y reestructura con nuevos rostros (…) Por supuesto, se han operado algunos cambios (…) el más importante de los cuales, creo yo, es el bajón que se ha producido en estos años en cuanto a formación humanística y calidad literaria de sus integrantes. ¿Algún otro cambio? Entiendo que varios; por ejemplo, si bien es verdad que pretenden imitar las formas señoriales de los fundadores, lo que los define es la frivolidad y el cinismo, como un remedo criollo y tercermundista del espíritu postmoderno”. Y deteniéndose en el tipo de poder que este grupo ejerce, anota: “logra rescatar una parcela importante del poder que dirige sin concesiones ni miramientos. Utilizando los vínculos que ha heredado se hace fuerte en los medios de comunicación de mayor influencia: periodismo escrito, televisión, radio, diversas revistas (…), editoriales, de los cuales son asesores y sus secretos lectores”. En otras palabras, una narrativa que entra en decadencia por la escasa calidad de su literatura y cuya única manera de ejercer un domino es a través del poder de lo mediático.

Contra esto, los escritores aludidos se defienden minimizando las apreciaciones de Gutiérrez, argumentando sentimientos de envidia, frustración y, como ya dijimos en su momento, contraponiendo posturas ideológicas. No obstante, si existen escritores que se compran el pleito ante la postura de Gutiérrez (Alonso Cueto, Fernando Ampuero y el crítico José Miguel Oviedo son los principales), es difícil negar que la consabida narrativa criolla se sienta y considere como tal y, en este sentido, acepte debatir bajo los términos en que se establece la dicotomía.

¿Y qué otras características pueden estar definiendo a esta narrativa criolla? Pues, como ocurre con toda literatura identificada con su ámbito más inmediato, aborda –en sus contenidos– escenarios y personajes pertenecientes a la urbe limeña. No obstante la diferencia radica en el alcance de difusión de sus libros, el cual traspone los límites del territorio nacional debido a su posibilidad de publicar en editoriales extranjeras (españolas básicamente). Este último, resulta uno de los puntos críticos en el debate pues, según los narradores de la otra vertiente, es desproporcionado el que solo se conozca la versión limitada (urbe capitalina) del Perú que ellos presentan (y representan). Y esta cuestión planteará, como añadidura, el tema de lo injusto que resulta el que a los escritores que trabajan desde su provincia se les cierren las puertas del mercado internacional. Tema al que se circunscribió también parte de la polémica, llegando a los insostenibles contenidos de los mercados de ventas y el éxito editorial como escala de medidas de la calidad artística.

4. La diversidad como moderadora

Si bien un debate como el originado por la Polémica de Perú 21 acentúa las distancias entre los protagonistas de nuestro quehacer literario, por otra parte nos trae a colación aquellos temas irresueltos que, sin aparentarlo, se mantienen en la cresta de la ola y nos ayudan a recordar el carácter diverso no solo de nuestras procedencias, sino también de nuestras conciencias.

Si uno de los principales objetivos del Congreso en Madrid fue el reconocimiento elemental de nuestra diversidad cultural y literaria (5), consideramos que este debió mantenerse como un eje esclarecedor que hubiese evitado una polémica llena de sinsentidos. La afirmación de identidades que erija como valor la interculturalidad debe ser siempre el tácito moderador de debates públicos como este, solo así se beneficiará el objetivo de organizar una tradición literaria sostenida en el permanente intento de la reconciliación social y cultural.

NOTAS

(1) Pues puso sobre el tapete temas que permitieron entrever la situación de intolerancia existente entre algunos de los integrantes de nuestra comunidad literaria. Creadores, periodistas y críticos se sintieron invocados por los conceptos y sentimientos de una discusión que no es nueva y que conlleva una vieja polarización existente no solo en el ámbito de la literatura, sino de nuestra sociedad en general: la antítesis Lima-provincias, ciudad-campo o costa-sierra, como se la quiera llamar.

(2) Según los referentes de la polémica se trataría de los escritores provincianos, los regionales, los “excluidos”.

(3) El trabajo evolutivo de los narradores andinos produce indirectamente, según el texto de “Motivos de la realización del Congreso” de narradores en Madrid, “otro proceso interesante: la consolidación de otras narrativas regionales (…) que aspira a postular un canon diferente a los establecidos”. (
1:3).

(4) El más reciente de estos encuentros, desarrollado en Ica, tuvo inclusive como rótulo: “Visión de las literaturas regionales del Perú”, enfocando este tema desde las nuevas corrientes de la creación literaria, la situación crítica, las literaturas orales y la producción editorial, entre otros temas puntuales.

(5) “Dentro del amplio universo urbano, y perceptibles de ficcionar, existen ‘mundos’ conformados por tradiciones culturales coexistentes”, manifiesta el texto de “Motivos de la realización del Congreso”.

BIBLIOGRAFÍA

1. ASOCIACIÓN CULTURAL LA MIRADA MALVA. “Motivos de la realización del Congreso”, en I Congreso Internacional “25 años de Narrativa Peruana (1980-2005).
http://www.congreso2005.miradamalva.com/motivos.html.

2. AYLLÓN, Ricardo y RONCAL, Jorge Luis. “Conversación en Balconcillo. Morillo Ganoza, la narración como desafío ético”, en Arteidea. Revista de cultura. N° 10, Arteidea, Lima, 2005.

3. AYLLÓN, Ricardo. “Macedonio Villafán: ‘Lo regional es un término que nos limita”, en Kordillera. Revista cultural. N° 7, Huaraz, 2002.

4. FLOREZ-ÁYBAR, Jorge. Literatura y violencia en los andes, Lima, Arteidea, 2004.

5. VIRHUEZ, Ricardo. “Literatura peruana y literatura andina: Una caracterización cultural”, en Breviario.
http://virhuez-1.blogspot.com/2005/12/literatura-peruana-y-literatura-andina.html.

6. YAURI MONTERO, Marcos. Literatura ancashina: origen, oralidad, historia y regionalidad, Lima, Lerma Gómez, 2003.

7. ZORRILLA, Zein. La novela andina. Tres manifiestos, Lima, Lluvia, 2004.