martes, diciembre 12, 2006

Bebiendo té


Hasta cuándo estaremos esperando
lo que no se nos debe… Y en qué recodo
estiraremos nuestra pobre rodilla para siempre!
César Vallejo

llevar la noche entre cabellos ondulados
frescos híbridos jugando con la brisa
recitando versos sin mensajes
al pie del puente
con marquitas chinas
mirar su rostro raso adivinar su pena
coger sus manos corpóreas
danzar con ella
un vals de Strauss
sobre la Plaza Francia
girar y girar
hasta llegar a Dios
pedir perdón
con un sol en moneditas de diez
increparle amor a sus venas ermitas
regresar con él
a las seis de la mañana
abrazados
bebiendo té
con gotitas de ron.

Eva Velásquez Lecca (Chimbote, 1968). Licenciada en Educación, especialidad en Lengua y Literatura. Ha publicado las plaquettes Vida (2002), Oleaje de mujer (2003) y Fantasía desplegada (2006). Tercer lugar en poseía del Premio Nacional de Educación “Horacio 2004”. En el 2005 publicó el poemario Oleaje de mujer.

jueves, diciembre 07, 2006

Achiote


Fransiles Gallardo
No es alto, tampoco es chiquito, no es frondoso ni escuálido, no es árbol de grueso tallo ni mala hierba. De corteza marrón oscuro, con pistilos verdes. No florea, sólo bellotas da.
Mamá Beca las junta y las muele en el batán grande, con su chungo trac trac trac, y “en una ollita chicasha la rejunta pa los guisos y aderezos”. No arde ni pica “saborcito nomá da y muy güeno pa la próstata, dizqué es”.
La memoria no registra si el achiote nació con el pozo de los patos o el pozo de los patos nació con el achiote “crecidito nomás luey conocido ya, tayta”.
Es el leal y eterno confidente de Mamá Beca.
Siempre se han sentido unidos. Ambos son almas desarraigadas. Han sido arrancados de su natural estancia. Transplantados por las circunstancias o el destino, a otros lugares, a otros veranos, a otras noches de luna “chica nomás mey venido”. Son almas solitarias.
No conocieron la florescencia de la juventud, simplemente dieron frutos.
El achiote vive entre el bullicio de los pollos, gallinas, patos y pavos del corral, “igualito a los eucaliptos”; ninguna otra planta nació ni creció a su alrededor, “ni mala yerba siquiera, nada”.
Mamá Beca vive en el bullicio de un pueblo extraño “rum rum los carros a cada rato mi asustan y dasito me quitan el sueño”. Un lugar al que va haciendo suyo, y a pesar que ha ido trayendo “unito por unito a la familiota”, es una mujer ausente y solitaria.

“cuánta soledad albergan tus alpargatas chocolate
y esas manos fieras que saben de flores y pasto fresco”

Cuántas veces la sorprendimos reclinada sobre su tronco, llorando angustias, contándole sus penas, sobrellevando sus pobrezas.

“envejecen tus ollas como tu vestido floreado”

Tantas veces, enrojecidos los ojos, “hipo hipo”, la escuchamos “moco moco”, contarle la congoja de los hijos ausentes y desperdigados en la distancia; en una geografía lejana, incierta y desconocida; por ella, por nosotros, por todos.
Las malas noticias “los achaques de la vejez, será pue de la mamacha Edelmira”, enferma y lejana, sin poder hacer nada, casi nada.
“Lejano estoy diun gran amor del cual jui dueño”, canta triste.
Las angustias del viejo Joshua “haciendo tratos con ño Portillas pa conseguir plata”, pagar hipotecas, cancelar préstamos y cubrir las pensiones de los hijos colegiales.
O la simple desventura del desarraigo, la angustia, la nostalgia, acordándose:

“de azules humos fogones tibios frazadas limpias
el fértil campo y sus sembríos inmensamente tuyos
los ausentes hijos que acaparaban silencios y ternura”.

Cuando esta casa inmensa, inundada de voces y llantos, correrías y cantos, se va despoblando por las ausencias, los no retornos, las lejanías, el achiote es su consuelo.

“la casa es tan amplia para tu andar cansado
y muy grande la mesa con sus bancas vacías”

Es su confidente. Nunca sabremos si su corteza “blandita se ha volvido” por tanto almacenado dolor, por tanta lágrima junta. Mamá Beca no se lamenta de su buena o su mala suerte, “es la vida”, simplemente dice.
Sólo el achiote conoce el tamaño de su desesperanza y soledad.
Del incierto futuro de los hijos lejanos, de sus dudas, de lo que harán mañana “ojalá pue, Diosito, que la buena suerte los acompañe”, los sufrimientos por las noticias de su sangre ausente “malita la Florcita está, ¿quiago yo, pue?”, sus desconsuelos por la estrechez de sus alcancías “mientras alguito haiga pa echar en la olla, lo demás nuimporta”, las tragedias por los hijos fallecidos a los pocos días de ver la luz del sol “seis de mis chiquitos sian morido, pué”.
Alborozada, contándole sus supremos momentos de felicidad “el Balducho dizqué va venir, mi corazón contentado está”, los retornos de los amados retoños “el Ungenio con sus chiquitos dizque viniendo está”, que poblaron su mesa de bullicio y resplandor “la Malena con sus guagüitas van a venir por unos diítas y el Segis dizqué va traer a su cholito, pa conocelo”, de satisfacción y esperanza “la Adelina su criatura va tener, pa nuestro bordoncito, de seguro pué”.
Aún nos parece verla, con su larga trenza negra hasta la cintura “lindazo tu pelo, Bequita”, su vestido azul con flores rojas; abrazada a su achiote confidente; recostada su cabeza en una de sus ramas, sollozando. Limpiándose las lágrimas con la manga de su vestido.
A través de las rendijas de la puerta de maguey, nosotros llorando también. Sintiendo en el alma sus desconocidas tragedias, estrujado el corazón, sus angustias indefinibles.
Haciendo nuestra su inconmensurable desolación.
Prometimos cuidar ese achiote “por los siglos de los siglos, amén”, como un monumento a su dolor, a sus lágrimas, a sus confidencias, a su soledad. Prometimos también cuidar por siempre el añoso árbol del palto donde el viejo Joshua reposa sus obligadas siestas de mediodía.
Algo tan simple como eso, tampoco podemos cumplir “disculpas nomás, puras palabras nomás eres, desde que sinventaron las disculpas, nunca quedas mal”, escuchamos los regaños del viejo Joshua.
El viejo palto, aún sobrevive a tanta soledad.
Pero nos cuentan que ante tanta ausencia y desconsuelo, el pobre achiote no soportó. Simplemente se dejó morir.
Mamá Beca y su achiote, se murieron de amor.

Fransiles Gallardo, nació en Magdalena (Cajamarca). En el 2004 publicó el poemario Ventisca tu (des)amor. Su poesía ha sido incluida en importantes antologías regionales, como las elaboradas por Manuel Ibáñez Rossaza, Bethoven Medina y Luzmán Salas. “Achiote” es un relato incluido en su novela Halcón peregrino de próxima aparición.

Ilustración: “Los migrantes”, óleo de Aquiles Rondán.

martes, noviembre 28, 2006

El nivel de significación en el poema “Arena muerta” de Gonzalo Pantigoso


Gustavo Tapia Reyes

Casi es una verdad de perogrullo decir que Chimbote es una de las ciudades más contaminadas del mundo. Nadie en su sano juicio puede afirmar lo contrario, sobre todo a partir de los informes estadísticos publicados y que ubican a nuestro puerto en tan lamentable condición. Sin embargo, esto no siempre ha sido así, los mayores todavía recuerdan que teníamos una hermosa bahía y un limpio litoral que se abría para los habitantes, tanto que inclusive resistió el posterior desarrollo de la pesca hasta que acabó siendo engullida por ésta, viendo al infinito que se cubría de espesas nubes, el aire se tornaba enrarecido, mientras las fábricas seguían arrojando grandes cantidades de humos al aire y deshechos al mar.

Dicha situación ha sido reflejada magistralmente en la poesía chimbotana, entre otros autores, por Gonzalo Pantigoso Layza (Chimbote, 1957), en particular a través de su poema “Arena muerta”. Ningún texto como el aludido refleja con un realismo atroz, no exento de rabia y reclamo, el nivel de contaminación ambiental en que se debaten nuestras arenas playeras que otrora tanto nos reconfortaran y que por lo mismo influye en la característica que más le reconocen los foráneos a la ciudad: su olor. Publicado en un principio en el número 3 de la revista Marea, ha sido incluido después por el mismo autor en su Antología poética de Isla Blanca (1988) (1), resumiendo en sus 25 versos entre largos y cortos, que conforman un bloque compacto, sin ninguna puntuación, toda la segunda etapa en que devino la poesía de Gonzalo Pantigoso, ya empeñado en liberarse del lenguaje romántico de su primer libro, Confesiones de Mantícora (1987). Aunque el poema “Arena muerta” no está visualmente dividido por estrofas, en realidad puede ser perfectamente considerado en cuatro partes, acorde con las líneas de significación que paulatinamente va alcanzando.

En la primera, desde su inicial verso, se ubica el contexto en el cual va a desenvolverse el poema: “La arena de mi playa/”, no cualquier otra, sino que el empleo del adjetivo posesivo “mi” señala que el poeta evita hablar de todas las playas del mundo para centrarse en aquella que por antonomasia como chimbotano le pertenece. Luego, el artículo “la” unido al sustantivo “arena” especifica más y da paso a señalar que ésta en un principio es propiedad de todos y que solo después se relaciona con él. En el segundo verso, Pantigoso ya está inmerso en el nivel de significación realista cuando ingresa el problema diciendo: “ha muerto una tarde en que las gaviotas/ extraviaron su canto apacible en redes extrañas/”, lo cual torna las circunstancias en más claras, pues no fue en cualquier tarde que sucedió lo que lamenta si no cuando estas hermosas aves se dieron con la realidad (canto apacible) de ver cómo su hábitat era repletado por la toxicidad (redes extrañas). Cada metáfora está colocada en el lugar preciso y cumple sus funciones de sugerencia hacia algo más grande, sin dejar que un solo verso del poema se pierda entre la maraña del lenguaje.

Pantigoso es consciente de lo que sucede, por eso continúa señalando el porqué de todo y a partir de qué: “convivió con la noche sobre una alfombra de algas/ y bajo la complicidad de la luna se hizo negra/”. En esta parte, el elemento poético por excelencia “noche” desempeña su rol de oscuridad que implica peligro, miedo, angustia en relación con el otro extremo que es vitalidad, alegría, jolgorio, representado por la “alfombra de algas”, de este modo se juntan esos límites para alcanzar una autonomía de significación que se abre sobre el siguiente verso donde el poeta emplea el recurso de humanizar a la “luna” (el mismo recurso empleado para el título) que a consecuencia de su complicidad se ha transformado, volviéndose “negra” –otra vez el significado típico de lo oscuro que tanto fascinaba a Juan Ojeda–, ahora en una involución como sinónimo de retroceso en tanto, a pesar de lo que venía sucediendo: “nadie percibía a través de los indicios”, nada se hacía por velar para que eso no siga sucediendo, con el aire y la arena que se iban contaminando: “que la brisa envejecía amargamente/”.

Hasta aquí solamente se ha hablado de elementos físicos conformantes de la naturaleza de nuestro puerto, mientras para la segunda parte se menciona a quien es el trabajador que por añadidura nos identifica navegando en nuestro mar, caminando por las calles y que ebrio de tanta riqueza marina, que extraía increíblemente por toneladas, con pescados de enorme tamaño que nadie pensó alguna vez se acabarían, olvidó cuidar ese entorno: “el pescador/ atrapado en cantos de sirena/ ignoraba el secreto de los náufragos/”. Es decir, todo fue farra y despilfarro en aquellos años que Denis Sulmont estudiara en su libro “El boom chimbotano” (1969) y que le sirviera para obtener el grado de doctor en Sociología por la Universidad de Nanterre (Francia), cuando los pescadores cerraban los bares y encendías sus cigarrillos con billetes, puesto que al encontrarse encantado por los “cantos de sirena” nunca quiso darse cuenta o no quiso ver que se venía dando en paralelo un verdadera hecatombe que con los años nos resultó perjudicial por haber sido un “secreto de los náufragos”. Nótese que cada recurso poético cumple su función y se relaciona estrictamente con la realidad que trata. Nada sobra y se enlaza de nuevo con el contexto: “mi playa/ lacerada por el pico del águila brutal/ ahora brama inútilmente su dolor contra las rocas desgajadas/”, ya dijimos que el poeta habla de “mi playa”, la que fue golpeada paradójicamente por lo que se suponía debía formar parte de su prosperidad económica, o sea la riqueza, el dinero, el progreso representado en la metáfora “águila brutal” en directa asociación con ese lado que encarna el capitalismo yanqui ofreciéndole dádivas a los pueblos latinoamericanos, que después se convierte en un cercenante pico, ocasionando que la playa adquiera un carácter animal, de poderoso toro que “brama” casi solo por gusto pues el panorama ya es desolador frente a las “rocas desgajadas”, derruidas, gastadas, exterminadas por la imperante contaminación.

Después, en lo que consideramos la tercera parte del poema, Pantigoso se detiene en su lamento para retroceder en el tiempo: “solo tengo en su arena ausente la evocación de un día/ asentando mis huellas húmedas y elípticas/ irrumpiendo en la profundidad del rescoldo/”. Se vuelve profundamente evocativo, intenso, comprometido con su realidad de porteño que recuerda los años en que la bahía no era lo que es (arena ausente), cuando los pobladores podían pasear por las orillas e incluso bañarse sin el peligro de contraer enfermedades a la piel y hasta se sumergían sin darse cuenta en evocaciones que los llevaban por espacios remotos (en la profundidad del rescoldo). Pantigoso, a pesar del tono visceral del poema, se mantiene en un ideal en medio del caos que lo acomete para, evitando caer en el más hondo de los pesimismos, decir: “quiero volver a cruzar las calles rectas y la gran avenida/ para hallarla aún límpida e interminable/ abordar el recuerdo de la resaca/ y recoger uno a uno los crepúsculos olvidados/”. Como Sologuren, Pantigoso tampoco ha renunciado a la esperanza de algún día observar a un Chimbote distinto, progresista, en pleno desarrollo de ciudad emergente, convertida en una de las más importantes del país. En este sentido, su compromiso está claro y resulta insoslayable por cuanto retrocede con el fin de luego mirar hacia delante y recabar lo que se hubo de positivo, en tanto es una persona humana (la resaca del recuerdo) así como es integrante de un grupo o colectividad que distinguía –y ojalá todavía pueda seguir esto– unos bellos atardeceres a la caída del horizonte (los crepúsculos olvidados).

Pero la realidad resulta siendo la realidad y no porque pretendamos ocultarla o ignorarla ésta va a desaparecer o va a solucionarse por sí sola. Esto se hace latente en la cuarta parte de su “Arena muerta” cuando Pantigoso, dando una vuelta de tuerca, retorna al principio con unos versos que modifica y repite en esencia: “pero la arena de mi playa/ ha muerto una tarde en que las gaviotas/ extraviaron su canto apacible en redes extrañas/”. El empleo como nexo gramatical del adverbio “pero”, une un extremo a otro para referir que luego de haberse adentrado en el optimismo, encuentra que la situación es completamente antagónica y que cualquier sueño se va de narices contra el piso, porque es poco lo que se puede hacer (ha muerto una tarde) frente al caótico desorden en las cosas como producto de la contaminación (redes extrañas) en relación con las aves que naturalmente pueblan todo litoral (las gaviotas). Con mucha destreza, el autor ha sabido unificar los elementos presentes en el poema, ampliando una significación que obligadamente remite hacia lo real, engarzándolos dentro de un lenguaje rico en recursos de humanización expresiva, hasta concluir con un par de versos que nos remiten hacia nuestro cada vez más oscuro presente (la ciudad agoniza), siempre como consecuencia de la contaminación ambiental que, empero, increíblemente no suele ser reconocida por sus inhumanos mentores: “y la ciudad agoniza infestada de humo y mal olor/ ocultándose el oprobio tras la espesura de las piedras/”. ¿Podemos encontrar poéticamente algo más realista que ello?
Con ello, queda demostrado que los temas son inagotables en la poesía y que no existen los asuntos vedados, menos que los poetas miren al cielo para recién escribir como muchos mediocres piensan, si no que todo depende de la sensibilidad del creador y de su capacidad innata para transformar la materia en bruto que puede tener entre sus manos. Solo de él depende no volverse un panfletario que confunde poesía con distribución de frases que se recortan en un extremo para darles la apariencia de versos. El poema “Arena muerta” de Gonzalo Pantigoso es un excelente ejemplo de lo afirmado.

NOTAS

(1) PANTIGOSO, Gonzalo. Antología poética de Isla Blanca. Río Santa Editores. Chimbote, 1988. p.32, versión empleada en este ensayo. Asimismo, este poema fue publicado en la revista Alborada N° 18, año 17, julio de 1985, p.9.

miércoles, noviembre 22, 2006

Una ligera imagen convexa...

Willy Gómez Migliaro

UNA LIGERA IMAGEN CONVEXA intenta el transporte
y espeja en los llaveros de tanto padre desesperado
Todo a razón de significar esta discoteca tan recurrida de J.P.,
esta magnífica distancia de música y encierro
que la municipalidad avaló con una licencia de mal funcionamiento
Divertimiento y memoria construyen sus almacenes ambulatorios
y ponen de manifiesto los arreglos
Quiénes iban?
Qué causa el hundimiento?
Dónde está lo ganado?
Habían alcanzado un nivel cuando el poder tenía el tope
de lo acordado a favor de todos los excesos, incluso,
había que deletrear un paraíso indefinido para eternizar al otro
aunque esté muerto o lo nombremos. Se sigue con el interno
cuando hay limpieza o novedad
Los animales giraban en el círculo de fuego, el tigre
primero el mono arriba la serpiente al final no importa
Algunas bocas impronunciables arrojaban fuego a una organización
de vida para 50 desayunos diarios a favor de qué y de amor
en un lugar sin el resto a favor de qué
si los jardines de música contagiaban. Todo era como regar
Habrían dicho tantas cosas en secreto a veces
yo te digo tantas cosas afuera
toda la noche en tu boca
Cuando los acordes se caen, uno se divierte para sentir amputaciones
y la venida del desierto siempre es una promesa. La camisa salta
los pantalones se pegan a la piel
Tosía una deformación por partes hasta adentro mientras se empujaban
y nadie apagó eso

(inédito)

Willy Gómez Migliaro (Lima, 1968). Ha publicado los libros de poesía Etérea, Nada como los campos y La breve eternidad de Raimundo Nóvak. Sus poemas han aparecido en diferentes antologías como La letra en que nació la pena, muestra de poesía peruana 1970 – 2004, selección a cargo de Maurizio Medo y Raúl Zurita (2004), Poesía viva del Perú, Selección de Dante Medina (Guadalajara, 2004) y Caudal de piedra, veinte poetas peruanos, elaborada por Julio Trujillo (México, 2005).

viernes, noviembre 17, 2006

Hermes

Róger E. Antón Fabián
a Maga
En mi niñez tuve un solo buen amigo: Hermes, un puerquito que trajo una mañana un antiguo conocido de mi padre a quien, en previas discusiones comerciales con éste entre sendos vasos de chicha, se le cambió por unas cuantas gallinas y un saco de maíz, y, al caer la tarde se fue en su carcocha motorizada feliz de haber realizado un buen negocio. Hermes, desplegó un carácter alegre y juguetón; pequeñito, terrible con los desconocidos, escurridiza víctima del perro y hasta del gato que siempre quería cogerle de la cola ensortijada, y a quienes la abuela Juana reñía con un palo. Nunca se dejó atrapar, incluso por ella, fiel defensora del bicho. Era graciosísimo verla correteando tras él y decirle “¡Bandido!” “¡Bandido!” con la intención de cogerlo y nada; más de una vez la vimos irse de bruces tras el cochinito que también volteaba a verla correteando.

La verdad es que apenas si consigo acordarme del desarrollo y crecimiento de Hermes a no ser porque el tío Esteban, profesor, contertulio mío y, esposo de Emilia, hermana de papá y persona muy inclinada siempre a reflexionar, solía de cuando en cuando recordar cómo aquel amigo mío llegó a casa y terminaba diciéndome: “mira, Pascualito, este puerco tuyo, ahí donde lo ves es más viejo que tú”. Lo evoco más bien ya crecido y sino fuera por la antigua fotografía que el mismo tío Esteban nos tomó y que sobrevive aún pasados los años (un rechonchito Hermes, ruborizado y asustadísimo, queriendo escabullirse de entre mis manos, yo con un radiante traje de marinero, y tras de nosotros toda la familia), no creería que me acompañó casi, casi desde la cuna.

Era un compañero magnífico. Inseparable desde que tenía uso de razón. Al llegar del colegio a mediodía corría impaciente a verlo: ahí estaba siempre echado; y, en cuanto me escuchaba marchaba de inmediato frente a mí, alzaba su hocico como queriendo hacerme reverencia y a un silbido se asentaba sobre sus dos patas traseras, luego quedaba mirándome con sus ojillos vivarachos inclinando la cabeza. A veces le lanzaba semillas que él emparaba en el aire con su hocico tan bien entrenado; masticaba mientras le hablaba de esto y esto otro en la tediosa escuela y, como si quisiera comprenderme, levantaba una de sus orejas y luego la otra, si hasta sonreía conmigo. Nos entendíamos muy bien. ¡Cuán entusiasta era la complicidad entre ambos!

Iba a veces al río, pescaba mientras él se entretenía con los pastos o aguardaba ansioso nuestra primera faena. Tan dulce era el buen Hermes.

Me esperaba con igual intencionalidad; y a veces yo, tan enfatuado en algún juego infantil, lo sometía a hacer de caballo montándome encima suyo, jugando a la recreación de lances y reveses de algún héroe de aventuras, disparando desde su lomo, enfrentándome a bandidos y salteadores, realizando veloces e inesperadas retiradas. Mi madre me decía: “¡Caramba! ¡Deja en paz a ese pobre animal…! ¡No ves que se va a cansar y algún día en un arranque de furia te va a morder las manos….!”; pero yo sabía que no iba a hacerme nada: le jalaba las orejas, le abría y exploraba el hocico con los dedos, tapaba sus hermosos ojos pardos, con las uñas peinaba su ríspido pelo. Él todo lo toleraba de mí. ¡Las penurias que le hacía sufrir al pobre infeliz!

Yo quería mucho a mi tío Esteban pero no tanto como a Hermes, pues éste era mi mejor amigo: un verdadero camarada. La verdad es que a mí nadie en la vastísima familia -embargados siempre en sus amplios y hacendosos menesteres- me hacía la menor atención; pero mi tío Esteban, además de ayudarme a hacer las lecciones, me tomaba algún esmero. A la distancia pienso que si mi tío se interesaba en los temas de mi conversación era no porque me tuviera especial afecto sino porque naturalmente ese era su temperamento: era un tipo afable y bondadoso.

Fue en un día de fiesta: San Valentino. En mi ciudad natal, Virahuanca, se celebraba ya el día de la amistad y el amor: todo enamorado, novio o pretendiente llevaba desde entonces tarjetas, flores y ofrecimientos a sus prometidas. Hay quienes aguardan esa fecha para expresar el cariño en espera con ansia del primer beso; aunque la verdad es que pocos se acuerdan de aquella: la verdadera amistad. A nosotros que éramos pequeños aún no se nos permitía sino celebrar con una excursión a una estancia, que por lo demás Hermes y yo conocíamos muy bien. Embarcados en el paseo recorrimos con los compañeros de la escuela entre el bosque y el río, por donde hacía algún tiempo solíamos deambular con Hermes quien iba hozando la tierra, recogiendo raíces y frutos con su jeta cilíndrica.

Ese día de la conmemoración del santo Valentino, ese día, desde hace muchos años, para mí siempre permanecerá en la memoria hasta los últimos momentos de mi vida. Sucedió algo que no se me olvidará.

Hermes, ahora que lo pienso, el único miembro de mi familia que fue mi amigo de verdad, con el tiempo se había puesto gordísimo y si apenas podía moverse, jadeaba y emitía unos gruñidos ensordecedores, daba pena verlo tirado en su lecho, desterrado en un rincón, ahí medio atontado cuando le tirábamos con mis primos migajas de pan para fastidiarlo; paciente, apenas si levantaba la tremenda testa, no estaba ni despierto ni adormilado más bien jadeante. No sé por suerte de qué mi padre lo seguía criando. Cuando lechoncito me contó el tío Esteban que él lo cargaba y al soltarlo yo lo correteaba por entre las sillas de la extensa sala, y mi padre me advertía de un buen grito y mandaba “a jugar a otra parte”; y yo, con gran pesadumbre, tenía que abandonar la pieza y procurarme como pudiera cualquier melancólico pasatiempo en la sola compañía de mi infalible Hermes.

Recuerdo que fue a la llegada de la excursión a eso de casi las seis de la tarde, al transponer la puerta, mi decisión, mi aplomo, me abandonaron de pronto; que me sentí un poco azorado al escuchar la noticia de boca de mi comprensivo tío Esteban: el hombre que hace algún tiempo lo había traído de lechoncito había visitado la casa con uno de sus operarios, y munidos de cuchillas, una bolsa llena de sal, ceniza y alcohol hicieron una masa balsámica para “caparlo”. Era la primera vez que escuchaba esa palabra; pero por premonición pensé que algo malo le había pasado al buen Hermes... casi temblando, apenas si atendí, corrí en dirección al corral y en el trayecto recordé que antes de irme al paseo Hermes gritaba, mugía, bramaba casi enfurruñado, desesperado, como queriendo decirme, mostrarme o señalarme algo. Yo le había prometido que esa misma tarde iríamos al campo y debió parecerme tan triste mi abandono, que no tuve más remedio que volver sobre mis pasos a juguetear con él y canturrearle. Hermes retornó a echarme una mirada agradecida; pero ahora, yacía entre la lluvia sin poder haber resistido a la operación a la que le había sometido el amigo de mi padre.

Han pasado los años y ahora que lo recuerdo me doy cuenta de que para mí fue una desgracia descomunal, llena de impotencia: una calamidad que tal vez para otros resulta menos espantosa, simple y natural; ese animal desamparado, había sido un puerco muy hermoso y bondadoso conmigo: un ser magnífico. Recuerdo aquella vez en que jugueteando lo empujé y cayó por entre las yerbas y espinas a las aguas del río embravecidas mientras gruñía de desesperación. Tuve que correr, nadar, bucear; traté de reanimarlo casi por horas: una ofensa tremenda que él supo perdonar y que se llevó a la tumba sin siquiera reprochármelo.

Muerto tenía una mirada escrutadora y fría, como dicen que es la de los ángeles... ¡Pobre Hermes mío, pobre viejo compañero! Fue, sin duda, mi mejor amigo, el único que me daba íntegra confianza, el único ser en el mundo con quien yo no me sentía solo y me encontraba a mis anchas. ¡Nunca he llegado a tener otro amigo tan leal! Después supe que ese señor que lo trajo también se lo llevó. Habría de reconocer que me había quedado definitivamente desamparado, en esa soledad última y sin remedio que uno no sabe sino ya tarde y para siempre.

Tuve días tristes, caminaba rumbo al colegio con el talante ya diferente. A veces me detenía a descansar al borde del camino y pensaba en mi viejo amigo. Nada volvería a ser como antes. Una línea divisoria había trazado mi vida en dos. Y de estar tan triste y desolado ahora que la desgracia había acampado en mis días -sin embargo para mis familiares nada había ocurrido-, nadie me dijo una sola palabra de consuelo. ¿Acaso sería posible que a pesar de haber muerto la mitad de mi niñez no se hubieran llegado a dar cuenta? o ¿era una vuelta de tuerca por todo mi actuar casi de insolencia ante la vida o ese desdén ante el porvenir?

Ahora, recordando este hecho cardinal de mi remota infancia, evoco a aquel puerco mío, a aquel Hermes tan querido que tan pronto se esfumó de mis días porque la vida de los puercos es más insulsa, pobre, corta y mísera que la nuestra, y que dejó este triste y miserable mundo sin siquiera el fraternal abrazo que yo hubiera querido darle en su último y doloroso adiós.

Ha pasado casi sin darme cuenta el tiempo, que nunca da tregua y así casi sin percatarme se han esfumado mis años. Se desliza tan pronto nuestra vida un tanto menos breve, pero así y todo siempre tan fugaz para dejarle a uno la incómoda sensación de haber permitido ingratamente que se desvanezca el pasado.

Róger E. Antón Fabián (Chimbote, 1975). Fue Primer Puesto en los Juegos Florales de Cuento de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su primer libro, El paraíso recuperado, circula por internet y se puede conseguir en www.club.telepolis.com/eluniversalismo/reaf.html.

domingo, noviembre 12, 2006

Manuel García Viñó: “Hace falta un movimiento antiglobalización contra las mafias culturales”

Arturo Seeber

Manuel García Viñó, escritor y crítico literario y de arte, revitalizador de la novela española de fines de los años sesenta, cuando se hallaba estancada en un vacío realismo social, a través del movimiento que se dio en llamar “novela metafísica”, o “realismo total”, reacciona, a través de la revista La fiera literaria, contra la absoluta mediocridad –y acaso mucho menos– de los “escritores famosos” de la España actual.


Manuel, supongamos que se acerca a ti un extranjero admirador de la cultura española, que ha llenado parte de sus horas con la lectura de Quevedo, Cervantes, Lope, Tirso, Galdós, Valle Inclán, por citar algunos de sus autores, y que, convencido de que el genio de un pueblo que ha dado semejantes escritores no se ha de agotar muy fácilmente, te pregunta sobre cuáles son los grandes a partir de la segunda mitad del siglo XX, tú, a ese hipotético curioso, ¿qué le responderías?
Entiendo la intención de la pregunta, pero tengo que decir que la debacle que tendría en la mente el preguntante no se produce en el medio siglo, sino, incomprensiblemente, cuando la transición a la democracia, esto es, con la conquista de la libertad. Como ha escrito en algún lugar Juan Ignacio Ferreras, en ese momento se conquistan libertades, digamos, positivas, pero también libertades dañinas: las económicas. Cuando el neoliberalismo se apodera del negocio editorial, empieza una carrera desenfrenada por ganar más y más dinero, por buscar lectores fáciles, con olvido total de los valores culturales, y se convierte el libro –lo mismo que los cuadros– de valor de uso a valor de cambio. Se “inventan” escritores, se “inventan” grandes obras, se “inventan” méritos, como por ejemplo, ganar un premio que, en realidad, está amañado, o acceder a la Academia sin títulos para ello... Las décadas de los cincuenta y los sesenta –yo suelo decir que hasta el 68, por poner una fecha emblemática– son muy fructíferas para la novela española. Y para la poesía, el teatro y el ensayo. Y eso en plena segunda mitad del siglo. Algunos escritores relevantes, como José Luis Castillo Puche, han vivido hasta hace poco. Nadie le echaba cuenta. Incluso le rechazaron la Academia, a la vez que admitían en ella a gente sin mérito para ello, como Juan Luis Cebrián, Muñoz Molina, Fernán Gómez, Pérez Revert. En fin, a la segunda mitad del siglo pertenece la obra de bastantes de los narradores del exilio y la de Torrente Ballester, Álvaro Cunqueiro, Núñez Alonso, Elena Quiroga, Ana María Matute (antes de que, entre la Academia y los años, la entontecieran), los miembros del grupo de la novela metafísica (los primeros que intentaron que la novela española, que se perdió en los cincuenta en un costumbrismo de poca altura, se universalizara), enormes poetas como Valente, Brines, Claudio Rodríguez, Manuel Mantero, Mariano Roldán... Y muchos más en todos los géneros... Si, de la segunda mitad del siglo XX podemos decir que tiene veinticinco años, no sólo ricos, sino esperanzadores, y veinticinco que, salvo en lo que han hecho los que he mencionado, expresa o tácitamente, y que en gran parte no han podido publicar, o de manera casi clandestina, en editoriales modestas, es un desastre: la marca de una regresión.
Pero a ese señor, siguiendo su buen criterio, le parecerá lógico pensar que la buena literatura surgirá en los grandes premios, como el Nadal o el Planeta, y en aquellos autores consagrados que la RAE ha acogido en su seno.

Cada vez menos puede ocurrir eso, porque ya todo el mundo sabe lo que son los premios. Al Sistema no le importa sacar a la luz sus miserias, porque sabe que cuenta con una sociedad aborregada, a la que, lo mismo en el campo de los premios como en el de la televisión basura, le dices: “Oiga, que eso es mentira”, y lo sigue viendo y comentando como si fuera verdad. Hace un tiempo, yo he sido testigo de las manifestaciones de estupor de doctorandos extranjeros, que venían a estudiar la novela española y adquirían los “premios”, pensando que se iban a encontrar con lo mejor. Y se encontraban no sólo con cosas muy malas, sino incluso con lo peor de los escritores en cuestión. Es realmente espantoso que el Ministerio de Cultura tolere esa estafa, incluso bendiga alguna de ellas con la presencia en sus “fallos” de la Ministra y otros cargos... ¡Hasta el Jefe de Estado en una ocasión! ¿Te imaginas a esos personajes dando un premio al mejor chorizo? ¡Pues es igual! A mí, como republicano, que el rey haga el indio me puede divertir, pero hay que entender lo que significa: la que se llama “industria cultural” es tan poderosa que puede utilizar al Jefe de Estado en sus operaciones de “marketing”. Y el caso es que un centenar de escritores y profesores de literatura presentaron hace un año un escrito en el Ministerio de Cultura, pidiendo que se regulen los premios. ¡Y ni les han contestado!
Ya, pero, entonces, perdido por perdido, buscará la orientación de la crítica. Te preguntará sobre a quiénes y qué libros leer, y acaso supondrá que un buen comienzo sea la opinión de ese “gran discípulo de Blecua” que dice ser el señor García de la Concha, actual director de la RAE, ni más ni menos.
Ni la crítica ni la Universidad ni la Academia han hecho nada por proporcionar un mínimo de orientación. En un panorama tan amplio, en el que hay casi más críticos que escritores, nadie ha tenido la gallardía de enfrentarse a lo establecido y decir la verdad, que muchos conocen y hasta manifiestan en privado. Han preferido participar en la merienda de negros, subirse al carro de los poderosos, no buscarse enemistades, y disfrutar del agradecimiento de escritores y editores. Otra vez, aquí, la presencia del poder económico de que hablaba en la anterior respuesta, capaz de comprarlo todo... Especialmente en una época en que todo el mundo parece dispuesto a venderse... Hacer las páginas culturales cuesta dinero y los grandes medios no se arriesgan a perderlo, y menos por causa de la literatura, la pintura, etc.: la cultura. Es más, quieren ganar, sacar producto a esas páginas, y eso lo consiguen con publicidad. Por tanto, no están dispuestos a correr el riesgo de que, por una crítica rigurosa y honrada, la editorial les retire los anuncios. Y, en el caso de que, excepcionalmente, un crítico no tenga estómago para transigir en un momento dado, pues se le encarga esa recesión a otro; siempre hay unos diez o doce dispuestos a obedecer la consigna. Y a lo peor hasta lo hacen con convencimiento, sin necesidad de forzar sus puntos de vista. He observado lo suficientemente bien el panorama como para haber descubierto que la publicidad hace mella hasta en los supuestos críticos. No hay uno solo que se atreva a meterse, por ejemplo, con una de las estrellas de Prisa, de Alfaguara, que para mí son los peores. Pero los críticos los tienen por intocables y terminan tomándolos por indiscutibles. En cuanto al señor García de la Concha, se comporta como esos críticos sin rigor de los que he hablado. Es, sin duda, uno de los principales culpables de lo que ocurre. Es director de la Academia y da la impresión de que está contra la Literatura. Por el puesto que ocupa, debería ser el primero en orientar, y hace todo lo contrario. Es hombre de muy poco alcance, culturalmente hablando, hechura típica de una universidad desnortada, sin fundamentos sólidos... Pero es que su antecesor, Lázaro Carreter, un auténtico sabio, se dedicaba igualmente a coquetear con el sistema. Él fue el primero en meter en la Academia a personas como Muñoz Molina, Cebrián, Mingote, Fernán Gómez, que nada tiene que hacer en ella, mientras cerraba el paso al profesor Quilis, que ha sido el mejor conocedor de nuestra lengua que ha existido, y a creadores de raza como Castillo Puche.

A propósito, qué opinas del estado de la Lengua Española, una de las más habladas del mundo, una de las más ricas. Antes se decía que las lenguas evolucionaban de abajo hacia arriba, es decir, que las modificaciones que procedían del pueblo concluían imponiéndose. Hoy día el pueblo parece ser un elemento pasivo, un mero repetidor del habla de los periodistas y los políticos.

Pienso que, a esos efectos, a los políticos y a los periodistas podríamos considerarlos pueblo, pues son producto de un pueblo inculto y, unos y otros, víctimas de un pésimo sistema educativo, una crítica literaria prácticamente inexistente o venal y unos académicos que son ineptos, como García de la Concha o Francisco Rico, que no saben más que de fechas y de ubicación de documentos, o que no cumplen con su papel, como Lázaro Carreter, por una comodidad que les lleva a hacer dejación de su deber. Éste dirigía sus dardos contra los periodistas, contra los locutores, pero no contra los escritores, porque la mayoría publicaba en el mismo periódico y editorial que él. Hay que tener en cuenta que él metió en la Academia a Muñoz Molina, Cebrián, Mingote y Fernán Gómez –Pérez Reverte, como otros escritores sin interés ni verdadera categoría, es cosa del director actual–, y quería meter a Almudena Grandes y Javier Marías, que son quienes peor escriben y han escrito en todos los tiempos y lugares. Según parece, el temor a los comentarios de La fiera literaria los detuvo. Quienes los conocen dicen que la capacidad de medro de Rico y de la Concha es infinita. Pero que don Fernando echara por tierra al final una carrera tan gloriosa es muy triste.

“Pero no, no, no es posible –te dirá nuestro forastero– que un país que publica 80 000 libros al año, pueda hallarse en tal límite de pobreza intelectual”.

Pues precisamente que se publiquen ochenta mil libros al año puede ser la explicación o parte de ella: señala la primacía de la cantidad sobre la calidad. Se trata a la cultura como a una industria y el fin principal de la industria del libro no es publicar buenas novelas sino ganar dinero. Así, el libro, de valor de uso ha pasado a ser valor de cambio. Y como no hay crítica, ni la Academia cumple con su misión –se ha convertido en un negocio editorial y en un club social– ni el Ministerio de Cultura con la suya, pues todo va a peor, ya que los editores se comportan como comerciantes sin escrúpulos, de esos que adulteran los productos. Todo el mundo sabe que los llamados “premios literarios”, de que hablé antes, son operaciones comerciales para obtener publicidad gratuita; pues bien, como también dije, quienes tendrían que poner orden participan en ellos dándoles lustre, haciendo de jurados –falsos jurados– que no hacen sino actuar como ya está acordado, aunque finjan que hacen votaciones... El Ministerio manda a los fallos la televisión y la radio que pagamos todos... La crítica da preferencia a los libros “premiados” y toma el premio como un mérito. Una estafa.

Creo que es difícil perder la esperanza en la cultura española. Pero también es cierto que sus destructores están muy bien pertrechados, que la atacan con armas de “destrucción masiva”. Surgirá de sus cenizas, como el ave Fénix. Pero, ¿qué podemos hacer ahora mientras todo son cenizas?

¿Qué podemos hacer? Esta es la cuestión más importante. El profesor Vidal Beneyto ha hablado de “resistencia cultural”, como si señalara a un movimiento, del estilo del movimiento antiglobalización, encaminado a impedir que la mercantilización que se ha apoderado de todos los procesos y actividades humanas se apoderase también de la cultura. Pero sin señalar ninguna dirección, sólo poniendo como ejemplo de resistencia en este campo de altermundismo... Se trataría, si le he entendido bien, de tolerar la sociedad de mercado, si es inevitable, en todas las parcelas menos en la cultural. Al cabo de más de ocho años de ver batallar a La fiera literaria, haciendo la crítica más rigurosa, libre, independiente, y también científica que se hace hoy, probablemente en el mundo, yo estoy convencido que ni con cien “fieras” se lograría hacer un descosido al sistema. El mal está muy arraigado, entre otras razones, porque la gente está dispuesta a vender su alma por muy poco. No voy a dar nombres, pero son bastantes los escritores y profesores que están de acuerdo con los puntos de vista de La fiera literaria, y hasta la ayudan con una suscripción generosa, pero que no se despeinarían por oponerse a una injusticia ni por ayudar a nadie que no sea del sistema. El mismo Vidal Beneyto, que ha levantado una teoría de la resistencia, escribe en El País y se expresa como si este periódico, la SER y las editoriales de Polanco no tuvieran nada que ver con la contaminación del mundo de la cultura, de la novela sobre todo. Es triste que personas que seguro que aman la literatura no la pongan por encima de cualquier otra consideración. Contestando por derecho a la pregunta: creo que lo único que serviría de algo sería una especie de Mayo/68 o de lo que sería un movimiento de antiglobalización, contra las mafias culturales, contra el monopolio editorial, contra la publicidad engañosa, directa o subliminal... Sólo algo así, ruidoso, espectacular, despertaría algunas conciencias, ahora adormecidas, de escritores, críticos y lectores. Por lo menos, habría que incomodar a los mercaderes y a sus cómplices, especialmente a esos que van de progresistas en otros campos que no afectan a su posición de privilegio, pero que en el de la cultura se prestan a los chanchullos de los premios, de las listas de libros más vendidos, de las ferias del libro y sus datos falsificados, del monopolio de las grandes editoriales en las librerías importantes, de los medios, etc., etc. No sé si sabes que los espacios de las librerías –escaparates, mesas de novedades, estanterías más visibles– se alquilan muy caros. Siempre a las editoriales más publicitadas.

En todo este marasmo de ignorancia y mediocridad han de existir –me resisto a pensar lo contrario– aunque ocultos y olvidados, buenos críticos, buenos escritores, jóvenes autores de talento y grandes desconocidos.

Seguro que existen y yo los dividiría en dos grupos: los que, aun teniendo que hacer para ello dejación de parte de las posibilidades de su talento, luchan y hasta medran por ingresar en el engranaje del circuito, amoldándose a las exigencias de la industria cultural, y los que prefieren vivir en el olvido y publicar en editoriales y revistas modestas, antes de claudicar.

*Tomado de www.rebelion.org/noticia

Canción de sombra

César Olivares

1

Cansado de ser silencio
y de ver caer el tiempo con su esqueleto de hojas
envejecidas
el abuelo ha llegado lento como un reloj
y ha estropeado las horas incólumes del otoño
espantando pájaros y ladridos
piedras niños tempestades
en una ciudad tan lluvia y sin memoria
Y es aquí cuando parece decirme
(con su voz de vino y de pasado)
que está demás despellejar el tiempo
con sus tardes
que nadie puede vivir lamiendo los recuerdos
sin ponerle una pizca de mentira a las edades
Tan cierto y tan real como una historia salida
de su boca
el abuelo ha escapado de los inviernos
(en silencio)
y ha regresado a casa
con el cielo derribado en sus espaldas


2

Pero recordar al abuelo no es recordar
sus calcetines rotos secándose en la tarde
(solamente)

Recordar al abuelo es contemplar las calles
con sus bares y mendigos
(el murmullo de sus pasos
ha roto los vidrios de la noche)

Es adoptar una posición definitiva frente
al paso de las aves
(es el abuelo que ha venido de muy lejos
trayendo en sus zapatos
la muerte de los caminos)

Es en fin mirar el reloj y entender con tristeza
que todo tiempo es corto para envejecer tranquilo
(y es su decisión
permanecer en la memoria de la abuela
como un árbol envejecido)


3

ABUELO

Te quedaba quizá el recuerdo de los campos
incrustado en las paredes
La voz vacía de un hombre asomado a la ventana
Te quedaba quizá la ilusión de sembrar
una flor sobre el asfalto
y la esperanza vana de hablar con el invierno
Pero fueron tus ojos los que anochecieron
y la abuela fue una estrella
y mamá también fue una estrella
y todas las cosas fueron estrellas


(Las mismas estrellas que en noches póstumas
la abuela barrió
tratando de dejar un cielo limpio a tu recuerdo)


4

Ahora entiendo las lámparas encendidas como
hogueras domésticas (en la noche)
la tarde reposando como un animal por extinguirse
Ahora entiendo la fatiga de los relojes
y la luz dormida como agua sobre tus ojos
si cuando reías lunas quebradas salían de tu boca
si cuando me hablabas mamá decía
que tu voz nunca había poblado las ventanas

porque tú te habías ido con el invierno
porque un retrato jamás habla a un hombre


5

A veces subo hasta su rostro para respirar el cielo
el cielo es un gran pez alejado de la ciudad dormida
pues dormida estaba su memoria cuando cayó la noche
noche lenta que se enredó en el aire
para formar una palabra oscura y en silencio


6

Solía decirme:
“No dejes las palabras regadas por el suelo
alguien podría resultar herido”

Entonces yo solía mirarlo
como se mira un árbol en invierno
y su voz era un geranio volando
un pez volando una gaviota volando

un rostro vuelto hacia la sombra dormida
y volando
(también)


7

Ah mi abuelo si entendieras que la vida
es más que encender un cigarrillo
y contar historias al pie de la ventana
hoy no estarías hiriendo la tarde en tu retrato
y tu voz seguiría golpeando las paredes de la casa
quizá la guitarra colgada en el zaguán
o la paloma sin alas que da brincos sobre el día
traten de informar tu naufragio en un redoble
silenciado
Tal vez la noche o un trapo de sombra sucia
que limpia tu nombre en la ventana
sea el indicio definitivo para morirte lentamente
pero tus pies descalzos siguieron el camino

Y tu sombra fue un poncho de palabras claras
En espera de la lluvia


8

Aparte de estos días otros fueron los inviernos
que fulminaron los caminos
hubieron antorchas encendidas detrás de cada hoguera
y hubieron cenizas inventadas al final de los abismos
pero la noche hacía su aparición inevitable entre las patas
de una mesa
y fue el abuelo expandiendo su voz de grito en grito
cuando después de hablar con los árboles
el silencio encontraba su boca cerrada para siempre
No hay manzanas ni sombras amarradas a su cuerpo
sólo restos de muerte cayendo de los árboles
sólo muerte y más muerte
preñando para siempre el sueño de las piedras
porque después de todo el abuelo ha preferido estarse
en casa
y de su ausencia no ha quedado más
que una canción oscura
y el apuro de las flores por escapar de su recuerdo

César Olivares (Trujillo, 1979). Mención Honrosa en Poesía, Categoría Mayores, del XV Concurso Literario "Lundero", Chiclayo (2000); Primer Puesto en Poesía del Concurso de Cuento y Poesía “Eduardo González Viaña”, Trujillo (2000); Primer Puesto en Poesía del Concurso de Cuento y Poesía “Eduardo González Viaña”, Trujillo (2001); Primer Puesto en Poesía de los Juegos Florales Interuniversitarios “Luis Hernández Camarero”, Trujillo (2001); Primer Puesto en Poesía del Concurso Juvenil de Literatura “Marco Antonio Corcuera”, Trujillo (2002; Mención Honrosa en Poesía, Categoría Mayores, del XVI Concurso Literario Lundero, Chiclayo (2003).

miércoles, noviembre 08, 2006

Breve historia de Mar

Willy del Pozo



Personajes:
POETA
SIRENA
(Día terrible. Sumamente nublado. Cielo gris. Turbulencia en el mar. SIRENA es expulsada a la orilla, por donde está paseando POETA con los cabellos desordenados, debe dar la impresión de no estar aseado).

SIRENA: (Desconcertada) ¿Qué ocurre?, ¿qué es lo que pasa aquí? (Lentamente se incorpora y ve a POETA, a quien pregunta) Oiga, señor, ¿sabe qué lugar es éste?, ¿qué es lo que ha pasado?
POETA: ¿De dónde sales y a dónde vas?
SIRENA: Era yo la que preguntaba...
POETA: Pero eres más extraña que yo.
SIRENA: ¿Por qué lo dice?
POETA: Hija mía, tus piernas tienen forma de pez, tu olor es fuerte, vienes desnuda de cintura para arriba, ¿te parece poco?
SIRENA: ¡Qué extraño, no me había dado cuenta! ¿Qué es estar desnuda?
POETA: Mostrarse tal cual uno es.
SIRENA: Entonces no soy ninguna rareza, ¿y por qué está usted vestido?
POETA: Mis ropas son mi vergüenza, es la sociedad la que me obliga a ponérmelas.
SIRENA: Qué sociedad más rara, ¿no?
POETA: ¿De dónde vienes?
SIRENA: Vengo del mar. Por si no se ha dado cuenta aún, el mar está turbio y el día agitado, y las fuerzas de las olas me han arrastrado a la orilla.
POETA: Una sirena varada en mis pies... No lo puedo creer.
SIRENA: ¿Y usted de dónde viene?
POETA: Yo vivo anclado en una metáfora, y no sé adónde dirijo mis huesos.
SIRENA: ¿Qué es una metáfora?
POETA: Una pérdida de tiempo. Pero no quiero hablar de ello, cuéntame sobre ti, ¿cómo es la vida dentro del mar?
SIRENA: Pero no me ha respondido aún. ¿Sabe qué es lo que ha pasado?, ¿dónde estoy?
POETA: (En son burlesco) Supongo que has sido expulsada del mar por algún pecado cometido, y tu castigo es vivir en la Tierra con los seres humanos.
SIRENA: ¿De qué está hablando? Nada de eso. (Observa su entorno y comenta). Así que esto es la Tierra y usted un ser humano.
POETA: Sí, señor, nada más y nada menos que la Tierra, donde vieron por primera vez la luz: Adán y Vallejo.
SIRENA: ¿Quiénes son esos señores?
POETA: De señores, nada. Ellos son los grandes creadores.
SIRENA: ¿Qué es lo que eran?
POETA: Lo mismo que soy yo.
SIRENA: Ustedes los humanos son seres extraños, no se puede entablar una conversación como manda Neptuno.
POETA: Y dime tú, aireado invento de los mares, ¿crees que estas barbas están por gusto?
SIRENA: Vuelvo a quedarme en blanco.
POETA: A mis cuarenta años, ¿crees tú que me voy a tragar semejante cuento? ¡Qué sirena ni qué ocho cuartos!, ahora mismo te me vas de la playa que estoy buscando a Inspiración desde hace una hora, y no aparece por ningún lado.
SIRENA: (Para ella misma). Los seres humanos son muy raros, mejor me regreso de nuevo al mar... (Decidida) Bueno, señor, me voy yendo, espero que encuentre a su Inspiración y la trate con más afecto que a mí.
POETA: Espera, niña, ¿adónde piensas ir?
SIRENA: Al lugar de donde vine (Se dirige hacia el mar).
POETA: Mira, niña, de bromas ya está bueno, la ciudad está del otro lado. ¡Quítate esas escamas y ponte la ropa!
SIRENA: Usted está mal de la cabeza, adiós...
(Se ve a POETA contemplando el mar, se acaricia las barbas y comenta en voz alta).
POETA: Vino del mar buscando gloria y las olas la envolvieron con sus llantos. Vino a la Tierra buscando afecto y los hombres la devolvieron al mar... Hoy ni los espejismos van a conseguir que me inspire. Mañana será otro día.

TELÓN
Willy del Pozo (Ayacucho, 1970). Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Cádiz, España. Autor de los poemarios Hablando al amor (1992), El retorno del poeta (1997), Pinceladas líricas (1998), La revelación de la palabra, (1999) y el libro de relatos Trilogías. Relatos al desnudo (1996). Cofundador de la Asociación Cultural “Altazor” (España). En 1998 creó la revista multinominal Gimnasio de musas o El colibrí lírico o El acné de Narciso o La inocente hecatombe. Fue Presidente de la Asociación de Escritores de Ayacucho-AEDA. (2000-2002) y director de la revista Tikanka. Actualmente es coordinador general de Ediciones Altazor (edicionesaltazor@yahoo.es).